18 de abril de 2022

Divagaciones desde Los Bridgerton hasta el infinito y más allá.



Sí, yo también me he hecho el, tan popular ahora, maratón de Los Bridgerton. Además, teniendo en cuenta que, en mi búsqueda de evasión pandémica (con todas las florituras apocalípticas que han venido con ella), me he topado con el filón de la ficción histórica inglesa y ahí me he quedado (adaptaciones de las Brontë y Austen, Downton Abbey, Belgravia, La Edad Dorada…), lo de ver los Bridgerton, a pesar del revuelo (lo que suelo desoír), era un paso normal y lógico.

La serie, bien, entretenida. Moderna en algunos aspectos, terriblemente reaccionaria en otros. Un ratito bueno que se echa, es lo que diría en una conversación de calle. Pero a lo que yo venía aquí es a comentar y divagar sobre el cambio de la segunda temporada respecto de la primera. Un cambio que para mí es obvio y esencial, pero que, seguramente, no sea visto así por muchos espectadores. Cada uno ve lo que ve, lo que puede y lo que quiere, en función de su perspectiva y sus experiencias y esto es lo que yo he visto.

Desde mi punto de vista, hay un cambio de tono en la segunda temporada que hace que deje de interesarme el conjunto, que me excluye como espectadora (aunque sí, terminé de ver la segunda temporada a pesar de todo). La primera temporada ya viene con sus rasgos modernizadores (diversidad racial, jugueteo con la música pop actual, descontextualización de las relaciones familiares y de pareja que son más actuales que fielmente históricas…), pero, además, me parece que, sabiamente, capta la esencia irónica y reivindicativa de las obras de Austen, las Brontë, etc. Si bien se trata de un feminismo pasado de moda y valioso en su contexto, pero no en el nuestro, me parece que se mantenía como clave de lo que podría considerarse un género propio. Lo que esperábamos las fans, o al menos, un subconjunto del fandom de estas autoras y sus adaptaciones audiovisuales. Porque, si bien todavía hay quien piensa que vinimos en busca del romanticismo (género legítimo, por otra parte, para quienes gusten), creo, sin temor a equivocarme, que un buen número de seguidoras de estas obras hemos venido a por la sátira y a por la subversión de unas cuantas normas. En la primera temporada de Los Bridgerton hay buenas dosis de humor y mala baba (mis buenas carcajadas he disfrutado) y, en esencia, la historia (ojo, spoiler) viene a ser la de una mujer que es consciente de sus restricciones sociales y vitales y que viene a rescatar a un hombre, por medio de una relación romántica, de sus restricciones sociales y vitales de las que él mismo no es consciente (ya ella se rescatará si eso). Este tipo de tomas de conciencia y visibilización de las tiranías sociales relativas al género fue revolucionario y quizá hasta lo siga siendo. Y la ironía y el humor con que se adornan convierten estas historias en una pura delicia (aparte del vestuario, ubicaciones, …). Así que la primera temporada cumple bastante con las expectativas. La cuestión es que, en la segunda temporada, estos dos aspectos pierden fuelle. La ironía se convierte en un ejercicio de método repetido que pierde frescura, la pluma envenenada que hace de narrador (spoiler de nuevo) se justifica con un argumentario gordófobo que cuesta tragar (más cuando estábamos en un contexto de inclusión, ¿no?), y la relación principal se edulcora en tal exceso que sólo puede transigir quien consiga encajar esto en el cajón de los placeres culpables. A mí me ha parecido cursi hasta la vergüenza, pero aquí ya cada quien tendrá sus límites. Si he seguido viéndolo, ha sido por cerrar narrativas (la cosa ésta de acabar lo que empiezas) y porque algunos arcos argumentales secundarios sí que mantenían cierto interés y frescura.

Y andaba yo a vueltas de por qué este cambio, cuando he venido a dar con su conexión con un tema que me apasiona. Presupongo que buena parte de la evolución de este tipo de contenidos se ve fuertemente influenciada por cuestiones relacionadas con el marketing, con el análisis de las preferencias del público, con lo que vende y con lo que se considera clave del éxito inicial que se quiere mantener. Entiendo que para la segunda temporada de la serie más vista de Netflix se pensó algo como “cojamos estos elementos que son los determinantes y sigamos con ello”. Y se ve que acertaron, por mucho que a mí la segunda temporada me haya dejado fuera, porque éxito han tenido, sí que sí.

Y ahí me he enredado con reflexiones sobre cómo el gusto del público (natural o adquirido) puede influir en la producción artística y sobre cómo los medios de distribución también condicionan qué se hace y no, en el arte, en una determinada época.

A mí el tema de la relación entre los medios tecnológicos y la producción artística me parece francamente fascinante. Pensar que hasta la llegada de la fotografía no se pudo crear la imagen pictórica fiel de un caballo en movimiento porque nadie había podido congelar esa imagen, me parece algo glorioso. Que el barroquismo viene de la mano de la evolución de pigmentos de secado lento que permitían emplear más tiempo en los detalles o que cantantes susurrantes como la talentosa Billie Eilish no podrían haber surgido antes con equipos de sonido menos adaptados, me parece un precioso hilo argumental para la historia del arte.

Pero la evolución tecnológica no sólo ha proporcionado herramientas, sino que ha propiciado la aparición de nuevos objetos artísticos: la fotografía con su propia evolución como disciplina, la serigrafía que daría origen a las obras de pop art, el video mapping o las instalaciones de realidad aumentada y virtual… son ejemplos de que la tecnología no es sólo una herramienta que hace evolucionar disciplinas artísticas previas, sino que hace nacer nuevos contextos y nuevos caminos de investigación artística. Lo dicho, todo un tema. Pero, en relación a lo que me tenía atrapada, también la evolución de medios tecnológicos cambia los modelos de distribución que, me parece evidente, acaban por influir en la propia obra artística. Y esto no sólo aplicaría a obras con vocación comercial, sino que hasta el creador más independiente acabaría por estar influido, en un grado u otro, por el contexto en que produce su obra. Y esto es porque ese contexto tecnológico, como herramienta, como objeto y como medio de distribución, también influyen en el gusto popular y cómo se accede a ser creador artístico.

Maldita sea aquella moda del HDR en fotografía digital, pero era lo que gustaba hace unos años y lo que todo el mundo hacía si quería obtener la gratificación de la relevancia. El gusto popular modula lo que los artistas hacen y lo que los artistas hacen modula el gusto popular, es una relación bidireccional en la que es difícil establecer límites, pero en la que se pueden analizar, a posteriori, las tendencias. Los impresionistas no gustaron, los echaron de la academia, pero iniciaron un gusto popular que perdura hasta nuestros días.

Y, por otra parte, creo que aquella inocencia sobre la libertad en la generación de contenidos cuando surgió la web 2.0, quedó tristemente superada cuando la realidad se impuso. Aunque la web 2.0 no fue la primera aparición de esta fe libertaria y tampoco será la última (jeje, NFTs, jeje). Porque no importa qué plataforma surja con toda su pátina de independencia y libertad, que el convertirse o no en creador acaba por estar sujeto a disponer de medios materiales, a cumplir con ciertos niveles de calidad y a disfrutar de toneladas de suerte.

Pero, volviendo a centrar el foco, ¿cómo influye la distribución de una obra en la propia obra?

El folletín y su distribución en publicaciones periódicas vino a definir cómo se contaban ese tipo de historias (con sus cliffhangers, su gestión del suspense, etc.), la novela victoriana es heredera del triple-decker en muchas de sus características y la novela pulp es hija del abaratamiento de los medios de impresión y de la aparición de un mercado de libros paperback de bajo coste. Pero es que esto se puede llevar al extremo: el creador del sello musical Motown llevó a la música la producción en serie que había creado John Ford en la misma ciudad, Detroit, en la que se grababan, como en una cadena de montaje, los éxitos que marcaron una época (surgiendo, casi, un género musical e influyendo notablemente en el gusto del público).

Yo asisto, como la viejuna en la que me estoy convirtiendo, a la desaparición el concepto de disco en el ámbito musical. El marco conceptual que suponía un disco, con su arte asociado, significación completa, relación entre canciones y el valor narrativo en el orden de las mismas, ha muerto. Ahora, los medios de distribución de música en streaming, internet y, quizá cierta voracidad con respecto al consumo y la novedad, hace que los jóvenes músicos trabajen en torno a canciones independientes que, en función de condicionantes del mercado, podrán reunirse, o no, en un disco de recopilación, pero que, en cualquier caso, se escuchan, consumen y popularizan, de forma independiente (y no, no son nuestros singles, es otra cosa).

Antes hablaba de la web 2.0. Aquella revolución (por irme a la más reciente y a la que he vivido) eliminó intermediarios y puso al público en contacto directo con los creadores. Sin embargo, pasada la primera ilusión, aparecieron nuevos intermediarios que, con la justificación de eliminar fricción, retrasos y restricciones, han seguido actuando de enlace entre quienes crean y quienes ven/oyen/leen o, en definitiva, compran. Pienso en la posibilidad que las plataformas de streaming dan de subir contenido sin pasar por una discográfica o en las plataformas de autoedición cuando permiten que cualquiera ponga un libro a disposición de los lectores sin pasar por una editorial. Todo esto condiciona el producto (para bien y para mal) y multiplica de forma aterradora las opciones a las que se enfrenta quien, en un momento dado, quiera acercarse a leer, escuchar, coleccionar arte, etc. Ay, y aquí llegaron los algoritmos.

Supuestos benefactores que nos hacen de sherpas en el laberinto de la sobredisponibilidad y la saturación, restringen bajo sus criterios oscuros qué se nos muestra en cada momento del conjunto infinito de posibilidades.

Hay todo un batallón de músicos creando música para plataformas de streaming en base a las tendencias de demanda, hay todo un batallón de escritores creando productos verticales bajo criterios de género, más específicos que nunca, en base a lo que un subconjunto de lectores demanda. No importa cuán extraños y peregrinos sean tus gustos hoy, que seguro que hay un libro, una canción, un podcast, … que los satisface.

Pero es que hay un buen batallón de creadores y productores creando en vivo las series que vemos y cuya evolución se retroalimenta de las métricas de éxito comercial. Como si pusieran las baldosas bajo los pies del público en función de hacia dónde quiera éste dirigirse.

Esto ha producido sonados fracasos, como cuando obligaron a Lynch a desvelar quién era el asesino de Laura Palmer a la mitad de la segunda temporada de Twin Peaks, dejando el resto de capítulos huérfanos de razón de ser; o como el final de Juego de Tronos que a pocos habrá gustado. Y es que las métricas no son infalibles porque, como dice un amigo hostelero respecto de su gremio, «aquí dos más dos no siempre es cuatro».

Las claves del éxito sólo existen en los títulos de los libros de autoayuda.

No sé si hay una conclusión en esto. Lo que sí es cierto es que estamos en una situación coyuntural curiosa, con el (tardo)capitalismo ofreciéndonos (de forma insistente, y un tanto desesperada, un volumen masivo de productos intangibles, audiovisuales, artísticos a veces; los algoritmos analizándonos y tratando de alimentar nuestros anhelos; y esta cosa del cliché de la posmodernidad aún funcionando a buen ritmo. Todo muy curioso.

Y nada, que al final te haces el maratón de Los Bridgerton y echas un buen rato, te buscas las Behind The Scenes, las entrevistas, las recopilaciones de vestuario… y te quedas esperando la tercera temporada en la que, muy probablemente, caerás también, pero, al mismo tiempo, te da por darle vueltas al coco y como todas estas cosas que pasan por tu cabeza luchan por salir, te acabas marcando un post kilométrico. En persona soy demasiado respetuosa como para ponerle la cabeza como un bombo al que ose cruzarse conmigo. Si has llegado hasta aquí, lector heroico, mi enhorabuena, mi agradecimiento y mi esperanza en que hayas sacado algo en claro. Gracias por tu paciencia y hasta la próxima reflexión verborreica fragueliana :)

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