Sobre cómo no ahogarse en el amor líquido
Esta reseña ha sido elaborada para el Club de Lectura Municipal de Palomares del Río del que soy co-coordinadora. Se referencian conversaciones y lecturas previas que forman parte de la historia del club, pero es perfectamente legible como pieza independiente. Asimismo, se adelanta el final y la trama de la novela.
Sally Rooney es la gran cronista de las relaciones interpersonales de la generación milenial tardía (y resulta aún muy comprensible por la generación Z). Frente a las relaciones tradicionales, mediadas por estructuras continentes como el matrimonio o la familia, los roles establecidos o la separación de géneros, las relaciones contemporáneas se mueven en un terreno de flexibilidad, negociación y reversibilidad que acompaña a una mayor libertad, pero a costa de un aumento de las incertidumbres. Filósofos como Bauman, ya se hicieron eco de la contradicción que subyace en la modernidad tardía respecto de las relaciones: necesitamos conexión, desesperada y esencialmente, y, al mismo tiempo, queremos conservar la posibilidad de salir de ella.
Los personajes de Rooney dinamitan la convención social, los ciclos de vida relacionales tradicionales, pero se preguntan constantemente qué son para el otro, qué lugar ocupan.
Mientras la interpretación de Bauman del Amor Líquido es bastante pesimista, Rooney plantea cómo la fragilidad de los vínculos es profundamente humana y no sólo resultado de objetivarlos bajo la cultura del consumo. La solidez o no de un vínculo, para Rooney, no dice nada sobre su verdad. El compromiso puede modelarse en un esquema fuerte, pero flexible, como en las relaciones poliamorosas.
Además, la eliminación de la estructura impuesta por la sociedad sobre un vínculo consigue exponer de forma interesante las esencias de la relación interpersonal, como el intercambio de carencias, dudas y miedos, la exposición absoluta de las propias necesidades y la visibilidad de las fricciones y las limitaciones comunicativas.
Intermezzo es la última novela de Rooney y en ella sigue explorando este tema común a toda su obra. Consigue aquí complejizar la estructura literaria para complementar la crónica interpersonal —especialmente centrada ahora en su reconfiguración durante la gestión del duelo— con otros factores que la atraviesan como la precariedad económica, la crisis de la vivienda, las adicciones al alcohol y las drogas, así como otros temas filosóficos como Dios, la moral, el sufrimiento y la soportabilidad de la vida. Es una novela más ambiciosa y densa que las anteriores y, a la vez, más luminosa en su resolución, más optimista.
El corazón de la novela es la gestión del duelo de dos hermanos que van a procesar su pérdida de formas muy distintas. El duelo agrava viejos resentimientos familiares y obliga a ambos a replantearse qué esperan del amor, de los demás y de sí mismos. Además, en su proceso se abordan otros temas como las diferencias de edad dentro de las parejas, la dependencia emocional, el sexo, la soledad, la familia y el miedo al juicio ajeno. Uno de los temas más interesantes es la observación de la contradicción entre lo que los personajes consideran una relación socialmente aceptable y aquello que ellos mismos desean.
Como decíamos, esta novela resulta especialmente densa y compleja, los temas se entremezclan, existe una coralidad de escenas, situaciones y actitudes. Se presentan las historias sin juicio por parte de la autora, en toda su complejidad. El planteamiento narrativo se alinea con un «modelo Chéjov» en el que el compromiso del autor está en la observación y descripción del problema y evita el juicio sesgado, abrazando una mirada amplia sobre las circunstancias que rodean a los personajes. La elaboración del duelo de estos hermanos es la columna vertebral de la narración que se dirige hacia la resolución o decisión que toma cada uno en cuanto a su red de vínculos personales.
El título, Intermezzo, se relaciona con el término ajedrecístico alemán Zwischenzug que se refiere a una jugada intermedia, cuando un jugador, en lugar de hacer el movimiento más obvio, introduce una jugada inesperada que altera la posición. El intermezzo es un episodio que sucede entre otros dos movimientos. Precisamente el período de duelo puede leerse como un intermezzo. Las relaciones que establecen los dos hermanos durante ese período también parecen estar en un paréntesis entre dos estados.
Pero la relación de la estructura narrativa y el ajedrez es más amplia: Rooney alterna perspectivas y relaciones en lugar de desarrollar una única línea sentimental. Desplaza la atención del lector de una zona del tablero a otra y presenta una configuración global en la que una decisión pequeña puede transformar todas las relaciones que la rodean.
El propio desenlace de la novela es una interrupción mediante la jugada intermedia de una secuencia que parecía obvia. Cuando todo parece conducir a la ruptura definitiva de la relación entre los hermanos —se juzgan, se hacen daño y cada uno cree ver las debilidades del otro—, las relaciones amorosas que aparecen en las vidas de ambos introducen movimientos que modifican el final.
La relación de Ivan con una mujer mayor que él, separada y en una situación vital complicada, parece situarlo en una posición de debilidad que demuestra no ocupar.
La elección imposible de Peter entre Sylvia o Naomi podría ser leída como una historia romántica convencional, pero se reconfigura también en una mayor complejidad. Además, es la zwischenzug más clara de la novela: la solución no termina siendo elegir a una de ellas sino cuestionar la propia premisa de que haya que elegir. En este cuestionamiento, se reconfigura todo el tablero.
Las relaciones humanas no responden al cálculo ajedrecístico, no hay soluciones objetivas. Ivan, el experto ajedrecista deberá aprender a tolerar la incertidumbre.
Pero Peter también deberá abandonar su ejercicio de control sobre la realidad, abandonando su construcción de escenarios, la interpretación de las intenciones de los demás y su posicionamiento fuera del alcance de la herida o el dolor. Tiene que dejar de calcular.
El intermezzo también ocurre desde la muerte del padre hasta la reconfiguración de la estructura familiar entre los dos hermanos.
Además, el ajedrez y su determinismo representan un universo exactamente contrario a la liquidez de Bauman. Los protagonistas son muy competentes en el cálculo y, sin embargo, en el duelo en que se encuentran, sostener ese modelo supondría la ruptura definitiva entre ellos y consigo mismos. Los dos deberán aceptar que no hay un siguiente movimiento perfecto, tolerar la incertidumbre, cambiar y ampliar el punto de vista y flexibilizar su posición; deben dirigirse hacia lo líquido. El deseo no se ajustará a la estructura, sino que habrá que crear un nuevo modelo que permita que lo realmente desean y necesitan sea posible. Y esa estructura puede ser menos sólida, lo que supone una crítica en Bauman, pero no deja de ser verdad, que es lo que sostiene Rooney.
Pero Rooney no concluye que esta sea la resolución moralmente correcta, sólo adopta la postura chejoviana de mostrar los alrededores del conflicto y dejar que sea el lector quien juzgue si es que lo considera necesario. Las situaciones morales presentadas no ocultan su complejidad o sus contradicciones.
Esta novela también introduce complejidades formales que no estaban en trabajos anteriores, como la prosa fragmentada del pensamiento de Peter, cercana al flujo de conciencia. También la coralidad supone un esfuerzo estructural que acaba bien logrado. No se pretende construir una única gran historia sino explorar las múltiples configuraciones del tablero.
Frente a sus anteriores novelas, Intermezzo supone un avance estilístico importante en la obra de la autora.
Por todo lo apuntado, quizá Intermezzo sea la novela más luminosa de Rooney. La incertidumbre que en sus obras anteriores podía vivirse fundamentalmente como angustia —no saber qué somos para el otro, cuánto durará el vínculo o qué podemos exigirle— aparece aquí como una posibilidad. Aceptar que no existe la jugada perfecta significa renunciar a la fantasía de control, pero también admitir configuraciones que antes parecían imposibles. El vínculo no necesita garantizar su permanencia para ser verdadero, ni ajustarse a una estructura previa para ser profundo. Frente al pesimismo de Bauman, quizá comprometerse consista precisamente en permanecer cuando no existen reglas capaces de garantizar el resultado.
Al final de Intermezzo no hay jaque mate ni una posición definitivamente resuelta. Hay un tablero distinto. Peter e Ivan han tenido que abandonar la pretensión de calcular el siguiente movimiento y aceptar que amar implica exponerse a la incertidumbre, a la transformación y también a la posibilidad de la pérdida. El intermezzo del duelo no los devuelve al lugar que ocupaban antes de la muerte del padre: los obliga a construir otro. Esta novela sitúa su optimismo y su peso en un mundo de vínculos líquidos a los que no se intenta devolver la solidez, sino que en ellos se reconoce su capacidad de ser verdad.
















