Se puede sentir el goce estético sin arte a la mano
Se puede crear sin tecla ni lápiz
Se puede vibrar porque sí
Reconvertirse y renacer
por un rayo de sol cualquiera
Todo se puede
Pero no estaría mal
salir del dique seco de una vez
y ponerle palabras
y tener al menos una oportunidad
de encontrar
una mirada que comprenda
cuántas cicatrices deja
la mordida de la belleza
24 de octubre de 2007
22 de octubre de 2007
Un descubrimiento que tengo que agradecer a la dulce Particia. Espero que te lo pases genial en el concierto.
Muito obrigada!
19 de septiembre de 2007
16 de septiembre de 2007
Tokio Blues (Norwegian Wood)

Éste es uno de los libros que me han acompañado estas vacaciones y es que después de tanto oír hablar de Murakami, al final acabé picando de puro curiosa.
Con cierto temor a las represalias de los entusiastas de Murakami diré que es una lectura poco exigente, casi ligera, adictiva sí, pero incompleta por no dejar lugar a demasiadas ambigüedades (ésas en las que nos deleitamos algunos, lo siento, nunca llueve a gusto de todos). Y en contra de lo esperaba inicialmente (esto no me lo advirtieron en ninguna reseña), Murakami es un escritor muy occidentalizado. Aunque conserva el exquisito gusto oriental por la observación delicada y minuciosa.
En las formas, se entrevé su gusto por Salinger y Carver y en el contenido, recuerda inevitablemente a Thomas Mann y su montaña mágica. El corazón de esta novela es la esencia, el poso que destila su lectura: un estudio detallado, febril y angustioso de la fragilidad humana.
Siempre he pensado que el hombre es más fuerte y robusto de lo que se nos hace creer a través del arte o los foros de opinión. Por cierto, la lectura del libro "Optimismo Inteligente" de María Dolores Avia y Carmelo Vázquez (profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid), apoya con estadísticas y análisis esta idea; así que se lo recomiendo a aquél que quiera discutir el tema consigo mismo. Pero qué poco literario es el ser humano fuerte y superviviente, ¿no? Como en el poema de Benedetti: sólo se escribe sobre las hojas caídas, no queda ni un verso para las hojas que tiemblan permanentemente en la rama. Éste es un libro sobre otoños de hojas muertas, sobre humanos torcidos (como los denomina uno de los personajes) que no encuentran acomodo en la realidad y es la historia de una elección: la de la fragilidad o la fortaleza. El traspaso de la frontera hacia la madurez. Porque al fin y al cabo, quizá para salvarse, la hoja sólo necesita decidirse a permanecer unida a la rama.
¿O no?
13 de septiembre de 2007
Por un catastrófico fallo en la planificación temo que hayamos perdido a nuestros trabajadores para siempre. En el futuro es importante recordar la siguiente regla: "los laberintos deben construirse desde dentro hacia fuera".
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Tras sufrir el encantamiento del silencio del hombre, la sirena murió asfixiada en tierra.
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Llegando al patio, saco la llave del bolsillo. La puerta se arroja feroz sobre mí, pero felizmente traga el anzuelo y pronto me encuentro en el cálido estómago de mi casa.
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Cuando el juez firmó el acta pudieron proceder al levantamiento del cadáver del funámbulo. Con no poco esfuerzo, lograron encontrar también su equilibrio para enterrarlo junto a él.
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Ahíto de versos, el viejo poeta cruzó el jardín zen caminando despacio. Se recostó contra el muro, cerró los ojos y se preguntó filosofando en sueños si sus ronquidos serían oídos por alguien en aquel lugar desierto.
********
El día más amargo de su vida estuvo a punto de perder la corona a manos de la traición del obispo.
El mejor día, su amante plebeya se convirtió en reina.
El más extraño fue el siguiente, al comprender que ahora eran dos las mujeres que le hacían reproches.
Un mal día cualquiera perdió buena parte de sus tropas por una mala estrategia en la batalla.
El último día, terminó con un jaque mate del enemigo y con él metido en una caja.
(Y sí, de momento al menos, sigo por aquí)
Tras sufrir el encantamiento del silencio del hombre, la sirena murió asfixiada en tierra.
Llegando al patio, saco la llave del bolsillo. La puerta se arroja feroz sobre mí, pero felizmente traga el anzuelo y pronto me encuentro en el cálido estómago de mi casa.
Cuando el juez firmó el acta pudieron proceder al levantamiento del cadáver del funámbulo. Con no poco esfuerzo, lograron encontrar también su equilibrio para enterrarlo junto a él.
Ahíto de versos, el viejo poeta cruzó el jardín zen caminando despacio. Se recostó contra el muro, cerró los ojos y se preguntó filosofando en sueños si sus ronquidos serían oídos por alguien en aquel lugar desierto.
El día más amargo de su vida estuvo a punto de perder la corona a manos de la traición del obispo.
El mejor día, su amante plebeya se convirtió en reina.
El más extraño fue el siguiente, al comprender que ahora eran dos las mujeres que le hacían reproches.
Un mal día cualquiera perdió buena parte de sus tropas por una mala estrategia en la batalla.
El último día, terminó con un jaque mate del enemigo y con él metido en una caja.
(Y sí, de momento al menos, sigo por aquí)
23 de agosto de 2007
15 de agosto de 2007
7 de agosto de 2007
Era tal su necesidad de dormir en medio del huracán en que se había convertido su vida, que aprendió a aprovechar cualquier instante para dar una balsámica cabezada.
Empezó por la media hora que consumía su viaje de casa al trabajo. Primero la ida, después también la vuelta. La siguiente ampliación consistió en hacer uso de sus visitas al baño para simultanear sus actividades higiénicas con reparadores descansos.
Un día, logró conciliar el sueño en el tiempo que media entre que pides el desayuno y te lo sirven. Desde entonces se hizo costumbre.
Depuró tanto su técnica que ni tan siquiera necesitaba cerrar los ojos para dormir. Su mayor logro, se reconocía a sí mismo, era lograrlo en el transcurso de una conversación: hablaba y en el hueco minúsculo que imperceptiblemente discurre entre las palabras, encontraba ocasión para entregarse a los brazos de Morfeo. Ni el más avispado interlocutor habría podido addvertir nada extraño.
Poco a poco su ajetreada vida discurría entre siestas, con una irregularidad e insconsistencia tal que su necesidad de vivir le obligó a aprender a aprovechar cualquier momento.
Comenzó por...
Empezó por la media hora que consumía su viaje de casa al trabajo. Primero la ida, después también la vuelta. La siguiente ampliación consistió en hacer uso de sus visitas al baño para simultanear sus actividades higiénicas con reparadores descansos.
Un día, logró conciliar el sueño en el tiempo que media entre que pides el desayuno y te lo sirven. Desde entonces se hizo costumbre.
Depuró tanto su técnica que ni tan siquiera necesitaba cerrar los ojos para dormir. Su mayor logro, se reconocía a sí mismo, era lograrlo en el transcurso de una conversación: hablaba y en el hueco minúsculo que imperceptiblemente discurre entre las palabras, encontraba ocasión para entregarse a los brazos de Morfeo. Ni el más avispado interlocutor habría podido addvertir nada extraño.
Poco a poco su ajetreada vida discurría entre siestas, con una irregularidad e insconsistencia tal que su necesidad de vivir le obligó a aprender a aprovechar cualquier momento.
Comenzó por...
2 de agosto de 2007
25 de julio de 2007
22 de julio de 2007
19 de julio de 2007
Lejos de Veracruz

Estoy en unos días de esos en los que la vanidad de cualquier acto se me hace insoportable. Esta situación dura ya bastante (demasiado) y así, se va engrosando la lista de los gestos que me chirrían: uno de ellos es hacer reseñas de libros. Me encuentro por esto así: con unos cuantas lecturas disfrutadas y que me gustaría recomendar, pero no encuentro el modo.
El último, "Lejos de Veracruz" de Enrique Vila-Matas. Romper mi miedo a esta petulancia de las palabras (que ahora me parece engreimiento y después me parecera salvavidas) ya debería demostrar que este libro merece ser nombrado (y de nuevo es otra vanidad mía suponer que la ruptura de mis silencios puede significar algo).
Admiro a este caballero, con dos libros me ha ganado, por hábil, por sutil, por fresco, por inteligente, por vanguardista, por lector. Por escribir los libros que me gustaría haber escrito o tener siquiera la potencialidad de poderlos escribir. Un ejercicio de intelectualidad que le lleva a hacer literatura sobre la literatura, a escribir la autobiografía de sus heterónimos (no hay mejor mentira que la que tiene mayor parte de verdad, dice Javi).
Un malabarista de las letras es lo que es este señor. Un brillante ejecutor de historias, de esas que parecen surgir de la nada, armándose sobre cuatro anécdotas y que te acaban atrapando completamente (como unas vacaciones que no planeas y que luego resultan las más divertidas, sólo que aquí el autor planea por tí, sin que te des cuenta).
Y al final te engaña, te lo advierte él mismo y es cuando ya estás creyendo su mentira o sintiéndote un torpe lector que ha caído en una trampa. Y toda la historia se desmonta y se te escurre de las manos y te quedas con las cuatro anécdotas y cierras el libro. Y cuando las tapas guardan las hojas todo vuelve a tener entidad suficiente para arrebatarte una sonrisa cómplice y "qué bueno, ¿no?"
Lectura para amantes de la literatura (como ya dije en otra ocasión). Una verdadera delicia, un oasis en medio de la mediocridad (la del día a día, la que me hace ver vanidades por todas partes). Una lectura muy recomendada.
17 de julio de 2007
15 de julio de 2007
Minivacaciones peluchiles...
-Frijolita, ¿no crees que te estás pasando con ese agujero?
-Uff, estoy muy cansada, creo que no voy a encontrar pétroleo nunca
-Anda, ven a tumbarte en la toalla con el primo Pom
El resto en Peluchilandia...
(Qué bien me ha venido conocer a Tati :) )
4 de julio de 2007
Amnistía internacional
Un magnífico y fortísimo video cuyo descubrimiento tengo que agradecer a mi amiga María Fernanda. Food for thought...
30 de junio de 2007
Fragmento
Un sabio en una multinacional reparte el correo entre los empleados. Una secretaria disfraza de expediente un poema. Los números destruyen las vidas de unos cientos. La palabra se congela en la repisa de un laboratorio genético. Es el adviento del desastre. Los cuervos graznan. El aleph, bajo el peldaño, parpadea y ya no hay Nada.
La mirada del otro
Fragmentos sobre la pintura de Ángel Leiva por Francisco Lira
Viene Leiva (peintre-poète) cultivando, con detenimiento y despreocupación, desde hace ya bastante tiempo, junto a la celebración de la poesía, su esfuerzo más logrado, la celebración de la línea y el color, que es acaso la sensualidad de la pintura. Sucede que para La mirada del otro, ver es el modo en que los ojos meditan sobre el trazo y el libre juego del color. La pintura de Leiva, a medias entre la tenacidad del dripping y su tensión expresiva, no se abandona a la facilidad del resultado, y persiste en mostrarnos que el color posee su propio dominio y cada pintor ha de lograr el gusto que lo aprueba.La pujanza del color, el vuelco vertiginoso del mismo, la gestualidad del trazo, la autenticidad de las emociones visuales, la apetencia de pintar, son algunos de los rasgos que reposan, sin esfuerzo aparente, en cada una de estas pinturas. Para el pintor toda emoción termina en imagen plástica, y siente que es su emoción, esa que alcanzan sus ojos, y no otra cosa, lo que habita el soporte plano de lo pintado. En esta escurridiza pero delicada operación de pintar, de integrar figuras, motivos vivos de color –de traspasar, rápida, laboriosa y detalladamente lo prendido por el ojo–, y de pintar sin más a la manera de sus maestros –Giacometti, Bacon, Gorky, los informalistas–, con osadía y desenfado, pero sin afectación ni amaneramiento, la primera cosa a la que recurre Leiva es el gesto, el término último la luz, y, dentro de la luz, el esplendor del color. No sé si el hecho de ver puede ir más lejos, pero los ojos prosiguen su tarea cuando la mirada se detiene.
El rostro, que bajo la mirada atenta del pintor, es el asunto en el que se adentra y sobre el que abunda la curiosidad desbordada de esta pintura: todo aire, todo rigor, todo movimiento; obra que busca dar cuenta de la negación tenaz hacia lo indigno, de los brutales vaivenes de nuestro tiempo, aunque fijando a cada instante la desnudez del trazo, juego en el espacio y con el tiempo, y desvelar lo misterioso que encubre: su “maravillosa violencia” (lo que parece suceder en La mirada del otro); dando, al fin, lugar a una mezcla de sensaciones vivamente encontradas, y desde donde mostrarnos el valor de usar el trazo, pero también el dejo en la preferencia por la táctica del color para enfrentar lo inesperado. Estas escenas, han sido dispuestas según un ritmo de ver, no en la pretensión de sustituir el tema, sino en la intención de facilitar −al desocupado mirón− el adentrarse en la aventura de ver. Hay en estos cartones un préstamo de pintura en pintura; hay, también, dibujo, cultivo de una vieja sabiduría: sabor y saber gestual.
Estas pinturas buscan su aposentamiento en el gesto, pero, sobre todo, en el gesto en trance de ver, como si en estos cuadros no hubiera otro mayor secreto del que muestran algunos momentos desnudos, donde la gestualidad pintada es lo que a cada instante expresivo queda sin expresión, o, dicho de otro modo, donde el gesto pintado es el vacío expresivo que permanece en cada movimiento; al tiempo que el pintor lo dota de una utilería propia de nuestro tiempo, sin pretender la fabulación, sino la fuerza del misterio; poseen, también, estas escenas, una impronta lírica en el uso del color, que las nutre de una gran energía expresiva y emocional.
Luz, pero también aire; es aire y luz, como puede verse, lo que pinta Leiva, lo que vemos en la ilusoria profundidad de sus cartones, en la poética de los materiales empleados; y se expresa en un lenguaje de claras resonancias rítmicas, tan expresas como expresivamente –casi cabe decir exclusivamente– gestuales, lleno de analogías, y resuelto frente a las dificultades.
El gesto, el silencio como una metáfora de la visión limpia, se expresa en estas pinturas simbólicamente: pues, el pintor tiene en cuenta la circunstancia viva, el carácter corporal entero, no sólo el rostro, la boca, las manos, sino el gesto pleno que mueve rítmicamente todos los extremos. El pintor nos propone retomar caminos de reflexión y pintura que parecían cerrados, invitándonos a su actividad favorita: ver. Volver a mirar, insistir una y otra vez en los modos de ver, que es pintar de otra manera; aunque no lo hace desde una perspectiva ingenua, sino que incita a que de nuevo veamos lo ya visto, porque es un proceso de descubrimiento que permanentemente se reformula, implicándonos así en una tarea continua de paciente y deleitosa indagación.
Estas pinturas buscan su aposentamiento en el gesto, pero, sobre todo, en el gesto en trance de ver, como si en estos cuadros no hubiera otro mayor secreto del que muestran algunos momentos desnudos, donde la gestualidad pintada es lo que a cada instante expresivo queda sin expresión, o, dicho de otro modo, donde el gesto pintado es el vacío expresivo que permanece en cada movimiento; al tiempo que el pintor lo dota de una utilería propia de nuestro tiempo, sin pretender la fabulación, sino la fuerza del misterio; poseen, también, estas escenas, una impronta lírica en el uso del color, que las nutre de una gran energía expresiva y emocional. Luz, pero también aire; es aire y luz, como puede verse, lo que pinta Leiva, lo que vemos en la ilusoria profundidad de sus cartones, en la poética de los materiales empleados; y se expresa en un lenguaje de claras resonancias rítmicas, tan expresas como expresivamente –casi cabe decir exclusivamente– gestuales, lleno de analogías, y resuelto frente a las dificultades.
El gesto, el silencio como una metáfora de la visión limpia, se expresa en estas pinturas simbólicamente: pues, el pintor tiene en cuenta la circunstancia viva, el carácter corporal entero, no sólo el rostro, la boca, las manos, sino el gesto pleno que mueve rítmicamente todos los extremos. El pintor nos propone retomar caminos de reflexión y pintura que parecían cerrados, invitándonos a su actividad favorita: ver. Volver a mirar, insistir una y otra vez en los modos de ver, que es pintar de otra manera; aunque no lo hace desde una perspectiva ingenua, sino que incita a que de nuevo veamos lo ya visto, porque es un proceso de descubrimiento que permanentemente se reformula, implicándonos así en una tarea continua de paciente y deleitosa indagación.
28 de junio de 2007
Tenemos el agrado de invitarles a la muestra de pintura del poeta y pintor Ángel Leiva,
que, bajo el título de: "La Mirada del Otro", tendrá lugar el día miércoles 4 de julio de 2007,
a las 20 Horas, en Canal Sur - Radio Television de Andalucía.
Calle José de Gálvez 1, Isla de la Cartuja - (Al lado de Isla Mágica), Sevilla. Teléfono 955 05 46 00
P R E S E N T A N
Profesor Pedro Vera Hormazábal, Universidad Internacional de Andalucía.
Dr. Rafael de Cózar, Departamento de Literatura de la Universidad.de Sevilla
Profesor y Escritor Francisco Lira, La Carbonería de Sevilla.
Al finalizar este acto habrá un brindis de Celebración por la pintura de Ángel Leiva.
Tríptico de la Exposición (MUY INTERESANTE)
23 de junio de 2007
Guárdame el secreto
María volvió de entre las yerbas con las mejillas encendidas, el pelo pegado al sudor del cuello y los calcetines sucios. Escondía algo a la espalda, guardándolo con el celo que suelen poner las niñas en sus secretos.
Yo tendía las sábanas haciéndome la distraída.
A la noche, le brillaban los ojos y la fiebre le hacía tiritar. "Excesos para una niña de ciudad", decía la abuela.
Bajo las sábanas empapadas seguía escondiendo ese algo suyo.
Al amanecer, María lloraba desconsoladamente aunque ya no tenía fiebre. Su secreto ahora era tan sólo un tarro de cristal con un puñado de mariposas muertas.
"Quisiste atrapar el campo", le dijo la abuela muy seria. Como una niña grande reprendiendo a su muñeca.
Yo me alejé a la cocina a fregar platos, lejos de cualquier infancia. Preocupada tan sólo por el menú del día.
(Para todas mis niñas del foro "Adict@s al blog", porque saben preocuparse de guardar a buen recaudo lo que les quedó de la infancia :))
Yo tendía las sábanas haciéndome la distraída.
A la noche, le brillaban los ojos y la fiebre le hacía tiritar. "Excesos para una niña de ciudad", decía la abuela.
Bajo las sábanas empapadas seguía escondiendo ese algo suyo.
Al amanecer, María lloraba desconsoladamente aunque ya no tenía fiebre. Su secreto ahora era tan sólo un tarro de cristal con un puñado de mariposas muertas.
"Quisiste atrapar el campo", le dijo la abuela muy seria. Como una niña grande reprendiendo a su muñeca.
Yo me alejé a la cocina a fregar platos, lejos de cualquier infancia. Preocupada tan sólo por el menú del día.
(Para todas mis niñas del foro "Adict@s al blog", porque saben preocuparse de guardar a buen recaudo lo que les quedó de la infancia :))
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