
Esta reseña la escribí para el club de lectura municipal de Palomares del Río.
La novela Canijo fue rescatada por Editorial Barrett en 2022 y se convirtió en un éxito editorial dentro del circuito independiente. La novela había estado circulando en un circuito casi invisible de ediciones marginales durante veinte años hasta alcanzar a un público general. Con esta última edición, se acercó la obra de Fernando Mansilla a un público más amplio fuera del underground.
Fernando Mansilla nació en Barcelona en 1956 y se trasladó a Sevilla en el 81. Viviría en la zona de La Alameda y conocería el ambiente narrado en el libro. Sin embargo, él insistía en señalar que no es una obra autobiográfica, a pesar de la verosimilitud de los hechos o del uso de la primera persona. Hay coincidencias indudables: fue consumidor, vivió la expansión de la heroína y la caída de muchos amigos en el horror de la droga y el SIDA —la obra está dedicada a Nano y Ana, dos amigos que murieron en aquellos años y que él declara que aparecen en el libro con otros nombres, sin precisar quiénes son—, fue músico callejero en el Barrio de Santa Cruz tocando el clarinete (como su alter ego en la novela), … Pero reivindicaremos con él el valor ficcional de la obra y el trabajo literario, más allá de la crónica, porque lo tiene y mucho.
Se trata de una obra compleja, coral, con infinidad de personajes e hilos narrativos que se sostienen con gran pericia, manteniendo el ritmo y el magnetismo de la historia. El tratamiento tiene algo de acumulación de viñetas de cómic, género con el que Mansilla tendrá relación dentro del underground: son capítulos autocontenidos, el tratamiento es visual y rítmico, con toques incluso cinematográficos y se establece esa sucesión de escenas que mantiene en vilo la lectura.
En cuanto al lenguaje, está escrito con economía y elegancia, pero se realiza una exploración interesantísima en distintos registros del lenguaje: jerga, acento, caló… que ayuda a la identificación de los personajes y a su personalización e interés.
La identificación de los personajes es magnífica, no hay pérdida posible sin caer en la caricatura. Sin embargo, con gran eficacia y economía se trazan personalidades poliédricas y complejas. Es un trabajo loable.
Su mirada para estos personajes es profundamente compasiva y humana, se acaba por comprender que todos son pobres diablos (incluso El Bizco queda justificado, de algún modo). Y esto se mantiene en un equilibrio difícil ya que no romantiza ni dramatiza las vivencias: la compasión no cede al encumbramiento, la crudeza no se vuelve encarnizamiento. Se cuenta una realidad que fue y se narran los posicionamientos de cada personaje, considerando que la supervivencia es un impulso básico que empuja la narración y la vida. A este posicionamiento narrativo se le ha venido a llamar «hiperrealismo sucio».
También se ha encuadrado esta novela dentro del llamado género kinki. Sin embargo, sus valores literarios lo elevan respecto a otras obras menores ubicadas en este género.
Todo el enjambre de historias y personajes se sostiene sobre una columna vertebral basada en un arquetipo clásico: la historia de Carlos Serena es el eje central de toda la narración. Se trata de un viaje del héroe a la inversa en el que asistiremos al derrumbe de la bondad y la belleza personal de Carlos y cómo finalmente queda vencido por la droga, convertido en el monstruo que se resistió toda la obra en ser.
Fernando Mansilla fue poeta, dramaturgo, novelista, músico y actor. Una persona con una cultura amplísima, ubicado por convicción en el mundo de la bohemia y la supervivencia, el margen, la disidencia. Y sin romantizar su posicionamiento y sin dramatizarlo, conviene poner en valor lo imprescindible de su rebeldía frente al status quo.
Le preguntaron en una entrevista que a qué habíamos venido al mundo y él respondió, con toda sabiduría: «a estar aquí, estupefactos».
















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