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19 de febrero de 2026

Cuando el poema escribe al autor


M.C. Escher, Manos dibujando, litografía, 28,2 x 33,2 cm, enero 1948
Desde hace mucho me ronda la intuición de que un poema es más de lo que parece. No sólo como lectora esta vez, sino como autora, detecto en ellos un cierto poder para reorganizar el mundo. Me vienen pareciendo objetos mucho menos inofensivos de lo que una pensaría. Hay un riesgo latente en esos icebergs de significaciones y connotaciones.

Como escritora de poemas (buenos, malos o regulares; creo que puedo afirmar ser escritora de poemas, por esquivas que parezcan esas etiquetas aplicadas a una misma) me encuentro a menudo viendo nacer estos textos sobre el papel, textos que yo he convocado intencionadamente, con toda la matemática y la racionalidad que puedo reunir, pero que, inevitablemente, acaban siendo mucho más de lo que pretendía. Esconden, cuando tengo suerte, facetas que desconocía, afirmaciones que no podría haber hecho por mí misma, preguntas, sobre todo preguntas, que son nuevas, que me sorprenden, que quedan abiertas y que, si la suerte acompaña, dan lugar luego, más adelante, a nuevos poemas.

Un poema es un germen, el embrión de algo que excede a quien lo escribió y a las intenciones con las que lo hizo.

Una visión simplista del acto creativo, del proceso de escritura de un poema, podría aventurar que se trata de pensar o sentir algo, ponerlo en palabras y, con ello, dar lugar a un objeto que expresa y comunica a otros el pensamiento o sentimiento inicial. La realidad es mucho más compleja e inasible: el pensamiento o sentimiento no está completo antes de la forma.

En el proceso de creación se elige o surgen (o ambas cosas) un ritmo, una condensación de la idea, unas imágenes, unas elusiones, un sonido, … Todos estos elementos no actúan como mero envoltorio de una idea preexistente, sino que modulan la experiencia del lector, habilitan espacios de incertidumbre; contienen, en mayor o menor medida, un cierto grado de ambigüedad, multiplicidad y tensión interna que dialogan con el lector. Convierten, en definitiva, al poema en un dispositivo de atención, ralentización, condensación y extrañamiento.

Pero no sólo para el lector, sino para el autor en el rol de primer lector de la obra. El poema no explica algo que el autor ya sabía, sino que viene a producir nuevas relaciones entre los elementos experienciales, las ideas o sentimientos que, en bruto, vinieron a dar el impulso de trabajo.

El poema no traduce el pensamiento, sino que lo reconfigura.

Katie King (1987) viene a hablar del poema como un artefacto de producción literaria. Confronta la idea tradicional del poema como objeto autónomo, expresión de un sujeto autor o reflejo de un contexto social. Es decir, niega la visión del poema como un objeto pasivo que puede someterse a un análisis de forma aislada, trasciende la visión del poema como una realidad aprehensible desde el positivismo epistemológico. King propone que el poema se desarrolla dentro de un aparato compuesto por instituciones, tecnologías, mercados, políticas identitarias, espacios sociales, etc., de manera que lejos de preexistir a ese aparato, se produce dentro de él. No es resultado de ese aparato, sino que también participa activamente en su producción.

Pero King no hace una sociología del arte, sino que cuestiona el modelo epistemológico del objeto literario autónomo.

Haraway (1988), por su parte, habla del conocimiento como actor y agente. En este sentido, el poema no sólo representa una idea o pensamiento, sino que es un nodo activo en una red de producción de valor, identidad y autoridad. Organiza alrededor de sí mismo una red de comunicaciones que pone en diálogo comunidades, legitimaciones y capital simbólico.

Podemos afirmar que el poema tiene una agencia de carácter estructural y relacional. No se trata de una agencia sustancial, en la que el poema actuaría por sí mismo, sino de una capacidad de producir efectos en las relaciones que se establecen con él. Pero forma parte de su configuración disponer de esa capacidad de generar efectos discursivos y reorganizar posiciones interpretativas.

(...)

Enlace al texto completo del ensayo "Cuando el poema escribe al autor"

16 de febrero de 2026

La inspiración es un animal mitológico. Disparadores creativos




Transcripción de mi charla «La inspiración es un animal mitológico. Disparadores creativos» que tuvo lugar el 17 de mayo de 2025 en la III Feria del libro de Palomares del Río.

Consigno a continuación el inicio y al final del post hay un enlace al texto completo.


Buenas tardes, muchas gracias a todas y a todos por estar aquí y por acompañarme a estas horas de un sábado. Prometo no enrollarme mucho.

Quiero dar las gracias, antes de empezar, al Ayuntamiento de Palomares por darme la oportunidad de dar esta charla y también, aprovecho el momento, por habernos apoyado siempre a Andrea Díaz de Rada y a mí como coordinadoras de los Clubes de Lectura de Palomares, y en todas las ocurrencias que tenemos en cuanto a actividades; sin ese apoyo nada sería imposible. Quiero expresar que considero un privilegio y un honor ser parte de estos clubes de lectura, por las compañeras y compañeros que se reúnen en nuestras sesiones y porque cada sesión del club me reconcilia con la vida.

Sin más prolegómenos, me presento, mi nombre es Rosa Yáñez y quiero contaros un poco de mí para que situéis mi punto de vista en esta charla. Soy doctora en Ingeniería Informática y toda mi carrera profesional, que ya son unos cuantos años, se ha desarrollado en ese ámbito. En paralelo, discurre un proceso de aprendizaje y conocimiento en el ámbito artístico y literario. Escribo, como algunos sabéis, he publicado varios libros, pero también tengo una cierta actividad en las artes plásticas, especialmente en pintura y fotografía. Empecé a leer con 4 años y a escribir con 6, así que tampoco es que sea un proceso breve. También tengo formación reglada en este ámbito, por ejemplo, estoy cursando un Máster en Humanidades. Sin ser esta mi profesión, discurro por ella también con mucha pasión e interés.

Puede parecer que estos dos ámbitos de mi vida son disjuntos y que no tienen ninguna relación entre sí, pero, claro, yo soy una persona y en mí se encuentran ambos. La cuestión es que tengo un punto de vista ingenieril en mi aproximación al arte y un punto de vista artístico en mi aproximación a la ingeniería.
Me acerco a los objetos artísticos y, en particular, a los objetos literarios, con el mismo espíritu de los niños que desmontan los juguetes para ver cómo funcionan. Me encanta verlos como artefactos y analizar cómo se han montado, cómo encajan las piezas, qué funciona y qué no. Mi análisis es siempre muy técnico frente a un texto. Al fin y al cabo, es una construcción intelectual que se basa en mecanismos y técnicas.

El objeto de esta charla es la inspiración o la creatividad, y voy a usar los dos términos independientemente porque me avala la RAE que indica que son sinónimos. También vamos a hablar del proceso creativo, lo que hay detrás de la creación de las historias. Este propio proceso se puede someter a análisis y podemos ver qué funciona y qué no y por qué. Con esto en mente, los objetivos de esta charla son dos. Primero, desmontar el mito o la creencia popular de que la inspiración o la creatividad son algo pasivo: que la musa viene y surge algo, si es que surge, sin que tú puedas intervenir en el proceso. Estoy en profundo en desacuerdo con esta creencia y espero que al final la charla haya podido, al menos, sembrar en vosotros una duda razonable al respecto. Y el segundo mito que quiero desmontar es que la creatividad e inspiración solo atañen a los artistas. Es cierto que hay muchas profesiones relacionadas con la creatividad: la misma ingeniería, el marketing, los guionistas…, pero lo que quiero defender es que la creatividad forma parte de nuestro día a día, del de todos nosotros.

Voy a formalizar esto un momento: la RAE dice que la creatividad es «la capacidad para crear o inventar». La primera acepción de «crear» en la RAE es «dar existencia a algo sacándolo de la nada» algo que contradice mi propia percepción del asunto porque nosotros, los seres humanos, no podemos crear de la nada. Si pensamos en el concepto de «ángel», el de la iconografía popular, es un ser humano con alas. Se han tomado dos cosas preexistentes, un humano y unas alas, y se han unido para crear un concepto nuevo, pero no desde la nada.
La idea de las sirenas funciona igual: mitad mujer, mitad pez. La segunda acepción de la RAE es «hacer que pase a existir algo que no existía» y ahí ya se alinea más la definición con lo que trato de explicar. Sí podemos decir que cuando creas algo, das existencia a un concepto, a una idea, a una imagen mental, a un personaje, a una historia que antes no existía. Nunca desde la nada, estás jugando con un Lego, tomando piezas que reordenas y creando con ellas algo diferente.

Hay una tercera acepción que es «contar como reales hechos falsos» y esto me da la entradilla para advertiros de algo que no sé si sabéis: que los escritores somos unos fantásticos y profesionales mentirosos. Todo lo que yo diga es mentira, porque dotar de existencia a algo que no existía es construir una mentira. La cuestión es que sabéis que la mejor mentira es la que tiene mayor parte de verdad. Por eso, si para crear una historia tomas elementos de tu vida, autobiográficos, o anécdotas que te han contado y las usas como piezas del Lego de tu historia, darás lugar a una mentira, a algo nuevo, que tendrá aires de verdad, la suficiente verosimilitud como para tomarla por cierta. Somos unos estupendos mentirosos, algo que llevo a gala. Quiero, en definitiva, desmentir la famosa la página en blanco. No existe, sencillamente, nunca hay una página en blanco. Y el proceso creativo es el arte de contar mentiras tomando elementos preexistentes, claro que sí.

Me voy a retrotraer un poco en el tiempo, no mucho y vuelvo enseguida. Si pensamos en las primeras historias, en las primeras creaciones que hacen los seres humanos, llegaríamos a los mitos. A los mitos del folclore, a los primigenios. Aquellos que fuimos, salimos un día de la cueva y nos encontramos con un montón de fenómenos naturales, que sobrepasaban nuestro entendimiento del mundo. La primera reacción ante todo eso fue inventar historias que sirvieran de explicación: vemos que el sol y la luna se van siguiendo uno al otro e inventamos una historia sobre que son dos amantes malditos que se van persiguiendo y nunca se alcanzan. Si llueve, es que un dios está llorando. Todas estas historias tratan de dar justificación a fenómenos que no la tenían.

Texto completo de la charla «La inspiración es un animal mitológico. Disparadores creativos» que tuvo lugar el 17 de mayo de 2025 en la III Feria del libro de Palomares del Río

4 de noviembre de 2016

La literatura o la vida



Que el ejercicio de la escritura está reñido con la vida lo sabe todo aquel que alguna vez cogió un lápiz con intención de fabular. El cuarto propio que decía Woolf es imprescindible no sólo para escribir. El espacio personal, la soledad y la tranquilidad, fundamentales para cualquier trabajo intelectual (leer, escribir, hacer una tesis, reflexionar, ser persona...), tan atacado por las obligaciones y la abominable oferta de ocio que nos bombardea, no ha sido nunca fácil de defender. Pero no vengo a hablar de lo difícil que es sentarse a escribir, que lo es. Mis últimas lecturas me tienen a vueltas ahora con el aparente conflicto que resulta de confrontar lo escrito y las experiencias vitales. Eso de que hay que vivir para poder escribir.

Con la reciente publicación de los cuentos de Lucia Berlin no han sido pocas las reseñas que hacen hincapié en la vida tan variada, ajetreada y excitante que tuvo la autora y que es la materia prima desde la que construye sus historias, bajo un ejercicio de autoficción maravilloso. El caso es que en un artículo que leí y que no logro localizar (por favor, si alguien sabe cuál es que me lo diga y de fin a mi sufrimiento) apuntaban a algo interesante: a la hora de reseñar a Berlin resulta más fácil comentar su vida que su obra. Ceñirse exclusivamente a la literatura y al libro resulta indudablemente más difícil que comentar cómo una mujer en los años cuarenta desempeña diversos y variopintos empleos, se las ve con un alcoholismo grave y gestiona su maternidad de forma brutalmente sincera. Claro, eso es totalmente cierto. Literariamente la cuestión que me planteo es si importa que de verdad viviera lo que cuenta.

Tenemos dos grupos de escritores: de un lado podemos poner a los que no salieron de una vida gris (al menos en apariencia porque quiénes somos nosotros para juzgar) y sobre ella construyeron una gran obra y los que fueron grandes aventureros y dejaron testimonio por escrito de ello. Entre los primeros se me ocurren Emily Dickinson, Pessoa, Kafka y a tiempo parcial podría citar a Flannery O'Connor escribiendo aislada en su refugio mientras trataba de cuidar su salud y sobrellevar su enfermedad. En fin, tantos otros. Crearon grandísimas obras literarias sin que en apariencia el material experiencial de sus propias vidas fuera especialmente extraordinario. Del otro lado tenemos a la mayoría de escritores de viajes siguiendo la senda de Marco Polo, los narradores del mar como Conrad y a los que ejercen la vitalidad con saña como Hemingway. Por supuesto también a todos los malditos (de algún modo) que consiguen utilizar sus problemas como material para escribir, como la propia Lucia Berlin cuando utiliza su experiencia como alcoholica, Carver con el mismo problema,... En fin, aquí la clasificación es absurda: dejémoslo en «escritores con vidas apasionantes que sirven de semilla para construir historias». Y sí, también consiguieron dejarnos obras más que notables.

Todo el que escribe se ha enfrentado alguna vez a esa persona ilusionada que se te acerca y te dice eso de: «pues si te cuento mi vida tienes para un libro». También se ha enfrentado a sí mismo viviendo una experiencia y diciéndose: «si lo cuento no se lo cree nadie». Y ahí está el quid, la genialidad, la maravilla. Para contar algo hay que alcanzar una cierta distancia de ese algo, mirarlo desde fuera, analizarlo, doblegarlo y las experiencias propias se enganchan muy fuerte a nosotros mismos. A menudo resulta más fácil escribir de algo que no tenga ninguna implicación personal que de algo que nos duele. Y por otra parte, si no duele en absoluto no habrá historia, si la distancia es demasiado larga no hay interés alguno. Y voy más allá: la vida por sí misma no es literaria, no es verosímil en literatura, no interesa en literatura, no vale nada. Para convertir esa historia «con la que tienes para un libro» en un buen libro hay que tener un talento inmenso. El mismo, exactamente el mismo que hace falta para obtener literatura de una vida anodina. Es decir, mi tesis es que si no hay algo de verdad en la historia ésta no tendrá interés, no habrá magia. Pero mi tesis es también que da igual que la semilla sea grande o pequeña que lo que importa es el manejo que se haga de ello. Que tanta verdad y magia hay en la obra de los escritores aventureros que he citado antes como en la de los que no salieron de sus vidas más comunes.

¿Nos tiene que influir como lectores la biografía de un autor? Reconozco que las leo, trato de ubicarlos temporalmente y socialmente, intento entender sus puntos de partida y eso me ayuda a leer en otras capas de profundidad. Pero no puede servirnos para valorar la calidad de una obra, no lo creo. El libro debe hablar por sí mismo. Así lo pensó Elena Ferrante cuando publicó su tetralogía de las amigas. Es una lectura fascinante, con un grado de profundidad de análisis asombroso para tratar un tema tan complejo como una relación de amistad a lo largo de toda una vida (además de su lucidez para tratar la conciencia de clase, la evolución de los barrios deprimidos, etc.). Me era imposible abandonar la sensación de que aquello que leía tenía que ser realmente un diario, una crónica real de unos hechos reales. Su verosimilitud es tan fuerte que te engancha: todas esas profundas confidencias quedan a la luz y las comparten contigo.

Cuando un periodista decidió ignorar la voluntad de Ferrante de mantener su anonimato no hizo más que ponernos frente a la necesidad de elegir: la literatura o la vida. El relato de Ferrante no es ni más ni menos verosímil si lo que cuenta es real. No es ni mejor ni peor si lo que cuenta es real. No me importa en este caso conocer a la autora para ubicarla temporalmente o socialmente, porque la voz narradora se declara mujer, vive en los años cincuenta y sesenta y se ha criado en un barrio deprimido de Nápoles y esa voz narradora es la que habla. Se impone con tanta fuerza sobre el autor que no necesito saber nada más (cuanto más que se trata de respetar una decisión que no nos corresponde).

No sé si Hemingway hubiera escrito Adiós a las armas si no hubiera vivido la guerra en primera persona, pero sé que muchos la vivieron y no escribieron ni esa novela ni novela alguna. No sé si Lucia Berlin hubiera escrito sus cuentos si no hubiera tenido la vida que tuvo pero es que probablemente entonces habría sido otra Lucia Berlin y puede que hubiera escrito, pero otra cosa. Desligar la obra y el autor es un ejercicio de confianza en la palabra. No está mal recordarlo.

Pero yo no consigo nunca hacer afirmaciones completas (vivo con ello y así voy tirando) y me las he visto también con el conflicto de leer a un autor que ideológicamente me produce rechazo pero cuyo trabajo literario es magnífico: El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez, salpicado de ciertas fábulas que me llegan a parecer ofensivas en cuanto a lo que defienden pero cuyo material inspiró una película de corte ideológico justo del lado opuesto y que, quiero pensar, enamoró también a José Luis Cuerda por su dulzura y su delicadeza. ¿Qué hacemos con los escritores cuyas ideologías no compartimos? ¿Qué hacemos con los que no tuvieron vidas ejemplares? ¿Podemos desgajar su obra de ellos mismos? Pues no sé, cada uno lo podrá hacer en cierto grado. Y es que yendo más allá, ¿podemos separar el gusto de la calidad? Que bien que hay cosas que nos gustan a sabiendas de que no son muy buenas y cosas que sabemos maravillosas y que no nos mueven ni un cabello. Pero, a todo esto, ¿qué es la calidad literaria?... Ay, ay, ay. Eso mejor será que lo deje para otra ocasión. Como dijo Moustache: "esa es otra historia".