27 de septiembre de 2005

Pedazos de espejo


Hace tanto que el recuerdo se desdibuja en esa atmósfera lechosa de la memoria. Fue infarto, derrame, la edad, al fin y al cabo qué importa. Los contornos se pierden, pero no resulta difícil recrear los sentimientos porque esos nunca nos abandonan del todo. Apenas sí le conocía. Así es la vida, no somos nada. Su viuda agradeció mis inútiles palabras. Maduran, cambian de forma, pero se siguen distinguiendo en ellos los rasgos de otro tiempo. Se empeñó en hacerme entrar para despedirme del difunto. Vecinos desde siempre, cruzándonos en la escalera a diario, y apenas un 'bola', un 'adiós'. Azar no es más que un refugio para nuestro miedo. Ancianos solitarios, matrimonio de los que ya no habrá. Su mirada acuosa no acepta negativas. Canas multiplicándose juntas en dos cabezas llenas de recuerdos comunes.

Azar no es más que un refugio para nuestro miedo. Está bien, le doy el gusto, entro, salgo y se acabó. Quizá lo que a mí me asusta es su existencia. Son pequeños soplos, la brisa que nos recuerda el aire que no vemos. Resultan extraños los motivos que nos hacen recordar determinados momentos. Antigua costumbre esta de morir en casa. Situaciones insignificantes en principio pero que en conjunto, y miradas con el poder que da la perspectiva del tiempo, empiezan a configurar un mapa, un plano de nuestro camino, de nuestra vida. Yo nunca había visto un muerto. Y que los tuyos te rodeen en esos primeros momentos en que ya no estás. Nunca lo había visto. No es el azar, es un latido.

De algún modo ya están repartidos los papeles en la función. Cuando yo era niño, con las primeras hojas caídas, mi madre compraba castañas asadas a una anciana que atizaba el fuego acurrucada en una esquina. Comedia o drama, o ambas cosas. Un escenario en el que actuar, en el que elegir y luego... sabores que nos deja la infancia. Quizá un director al que dar explicaciones por nuestro trabajo, o más teatro para seguir desarrollando nuestra técnica. Un otoño ya no hubo castañas, mi madre me explicó que la anciana se había ido a venderlas al cielo. Prefiero pensar que el final no está claro Yo nunca había visto un muerto. Esa noche fue la primera que dormí siendo consciente de que yo también iba a morir.

De silueta desdibujada aún cuando el recuerdo era un hecho presente, sus manos frías acariciaban su rostro. La oscuridad infinita, una idea concentrada en un punto del espacio hasta hacerse visible, tanta vida que no había vida en ella, antimateria, caos. El infierno convertido en criatura. Creo que me miró antes de apartarse del cadáver y desvanecerse. El abismo le acompañaba. Prefiero pensar que el final no está claro.

La he visto de forma intermitente durante toda mi vida. Poder sobre la cuarta parte de la Tierra. En los ojos de mi gente a veces. Esta mañana estaba sentada frente a mí observándome don esa paciencia eterna. Una condena, un castigo, imaginaciones mías, una ilusión. Una ilusión sin fallo. Me ha acompañado durante todo el día. Todos bajo mármol blanco. Se me antoja pensar que hay alguna razón. No voy a ir con ella. Pero quizá no la haya. El escorpión se inocula su propio veneno cuando se siente amenazado. Fue hermosa mi vida y no me apena abandonarla, El infierno convertido en criatura. Algo sin dolor y todo habrá acabado. Quizá es inútil y ella me está esperando al otro lado. Como el espejo que se rompe para borrar la imagen que entonces se multiplica.

Publicado en la revista Enigmas en su número de Noviembre de 2001

2 comentarios:

Tatiana Lloret dijo...

Lo has escrito tu?? esta genial!!

esta imagen me suena ... jejeje

http://photos1.blogger.com/blogger/5093/1555/1600/munch.jpg

Tatiana Lloret dijo...

pq no salio bien el link? q raro ...

http://photos1.blogger.com/blogger/
5093/1555/1600/munch.jpg