18 de abril de 2017

Método de composición. Prentententoonstelling


Bueno, vale, es pretencioso robarle el título del post a Poe pero es que he quedado finalista del II Premio IASA Ascensores con este micro y, claro, me he venido arriba ;) Nada menos que 5175 microrrelatos participantes y el mío está entre los 25 finalistas. Como si hubiera ganado.

En este caso es un micro escrito especialmente para el concurso que proponía el uso de "maldito escalón" en algún punto del texto y, además, confieso que está escrito "para un concurso", pensado para ganar o intentarlo. Aunque al final sí que tiene mi toque mágico de "esto no hay quien lo entienda" (intento librarme de él pero no lo consigo), lo cierto es que es un micro atípico y distinto a los que escribo normalmente.

Me apetece en este caso dejar por escrito cómo surgió el texto sobre todo por si soy capaz de descubrir mi propio truco y dedicarme a partir de ahora a ganar concursos uno tras otro (ja!) pero sobre todo porque creo que es justo que vaya acompañado de su explicación.

Ahí va el making of: lo del uso obligado de lemas o frases suele tener cierta complicación pero el de esta propuesta me resultaba horrendamente difícil. Por eso sobre todo me empeñé en escribir algo. Ése es el primer paso: una motivación para escribir, aunque sea la del ego herido ante un buen reto.

No hacía más que darle vueltas a qué escribir con la dichosa (maldita) pareja de palabras y es que los escalones no me resultan muy poéticos. Se escribe donde se puede: en la ducha, en el metro, justo antes de caer dormido, mientras se termina la cena,... Lo que se activa es un runrún y un brainstorming mental que nos vuelve más despistados e irritables de lo normal (en estos momentos de mi vida esto es jugarme la vida, no hay que subestimar el esfuerzo). Pues bien, en estas estaba cuando entrando a uno de los edificios en los que trabajo reflexioné sobre uno de los efectos de mi despiste y es que siempre pienso que el edificio es alargado conforme uno entra pero en realidad la puerta está en uno de los lados más largos del rectángulo. Me explico fatal, ¿verdad? Pues en tratar de verbalizar esto me llevé unos cuantos días hasta llegar a lo de "al entrar se alarga en un rectángulo clarísimo". Confiar en el lector es a menudo una buena forma de abreviar. A buen entendedor...

También me pasa lo de que no estoy segura de cuál es la ventana de mi despacho vista desde fuera. Esto es porque soy muy despistada, porque siempre voy corriendo y no puedo pararme ni a pensar y porque, de verdad, que es un edificio extraño.

Concluí que lo del edificio estaba bien, en los edificios hay escalones y si el edificio es equívoco, uno puede acabar maldiciendo. Hice una lista de despropósitos arquitectónicos que se vio muy menguada cuando seleccioné los que más me gustaban y cuando intenté calzar el texto en el tamaño máximo marcado por el concurso. Porque ésta es otra complicación: yo no escribo micros muy cortos, me cuesta y eso era buena parte del reto en el que me había metido.

En este punto, y os ahorro las versiones intermedias, tenía un edificio imposible y a alguien quejándose de que "cada maldito escalón es equívoco" y con eso tenía mucho pero no tenía nada. Es decir, tenía una descripción de una arquitectura imposible y poco más.

Pasaron una sucesión de ratitos robados hasta que decidí que un edificio imposible es imposible y que era más bien una percepción de imposibilidad, es decir, aquello tenía que ser una locura. De ahí al frenopático no hay más que un paso. ¿Por qué la "frenopático" y no manicomio o cualquier otro término? Porque soy muy pedante y no tengo remedio. Y lo del manicomio venía bien porque qué bonito queda llenar de connotaciones un texto breve y si un asilo de orates (pedante, pedante) no las tiene, no las tiene nada.

Me quedaba decidir quién era el narrador: al fin y al cabo si tenía despacho no era difícil figurarse que quien me hablaba era el director. Lo de la ventana de despacho esquiva había sobrevivido a la purga de desastres arquitectónicos porque es algo que me pasa a mí misma y, o el micro tiene algo de verdad, o se me desmonta entre las manos. La mejor mentira es la que tiene algo de verdad (y me tengo que curar lo de los refranes).

Llevaba muchas semanas con esto pero el micro seguía sin tener alma. Un director de manicomio que siente que no sólo sus locos están locos sino también su edificio. O algo así, porque el micro se deformaba y no tenía un sentido cerrado del todo en aquel momento. No me había dado cuenta de lo más obvio: había una asociación inconsciente que había hecho desde el principio y que estaba dirigiendo el micro (estas cosas son las mejores del proceso de escribir). El concurso lo convoca IASA que es la empresa que montó el ascensor del Palacio de Carlos V en La Alhambra, por eso lo del escalón, pero es que para mí la Alhambra está indisolublemente asociada con la obra de Escher. Porque sí, porque una temporada me dio por la obra de este señor, me leí mil libros y sé que él estudió los patrones que se dan en las decoraciones árabes y poco después viajé a Granada... y así se montan nuestros recuerdos. Una escalera imposible como la de mi micro no podía ser más que obra de Escher. En algún momento me dediqué a ver de nuevo pinturas suyas buscando el sentido de mi texto y le voilà: Prentententoonstelling. En este grabado un señor mira una pintura de un puerto y entre los edificios hay una galería de arte en la que está el cuadro que mira y él mismo que lo está mirando en un bucle infinito. Qué maravilla.

Pues ya lo tenía: ¿mi director de frenopático es un loco también? Bucle infinito. Título elegido. Sentido cerrado. Su poquita de pedantería marca de la casa pero con posibles lecturas ajenas a todo este lío que me había montado sola. Pensé que hacía una buena propuesta para el concurso y que había superado el reto. Con eso ya me conformaba pero encima me he llevado la alegría de quedar finalista. Así que ya le tengo cariño a este micro y a cómo nació.

Abajo el cuadro inspirador y la versión final del microrrelato. A ver qué os parece la propuesta.




Prentententoonstelling

El frenopático es un edificio cuadrado que al entrar se alarga en un rectángulo clarísimo. Es como lo de las ventanas, desde fuera trato de identificar cuál es la de mi despacho y nunca la encuentro donde espero. Las escaleras: cada maldito escalón es equívoco. Hay que subir para bajar, bajar para subir. Pulsas el botón del ascensor para ir al último piso y la tierra te traga. Ni siquiera tengo claro que internos y personal estén bien diferenciados. Dirigir esto es imposible y me preocupa que me atribuyan negligencia profesional por alegrarme tanto de que el edificio haya enloquecido también.

13 de noviembre de 2016

Teoría del caos



Cuando se detectó, la epidemia ya había dejado en blanco cientos de libros. Parece que empezó borrando al azar volúmenes de las grandes bibliotecas, luego de colecciones domésticas, librerías de barrio e incluso de alguna gran superficie.

Los investigadores siguieron el rastro de libros enfermos y dieron con la culpable: aquella librera insufrible, con su perfecto plumero siempre al acecho, castigo de los dobladores de solapas y de las manos churretosas, amante de escrupulosas devoluciones a la editorial por cualquier tacha.

Pronto confesó: el rabito de una letra –una a– sobresalía del borde de una página y no pudo contenerse. Como el que desbarata un jersey intentando arrancar un hilo. El texto de todos los libros impresos, hermanado, cruzado de referencias fruto de un diálogo de siglos entre los autores, cedió al descosido y fue derramándose inerte en el suelo de su pequeña librería. Aquel humilde montoncito de letras no abultaba lo que hubieras imaginado. Un par de sacudidas de plumero bastaron para limpiarlo todo.

Micro escrito para el 3º Premio Gusanito Lector de microrrelatos que marcaba el tema: la librería

4 de noviembre de 2016

La literatura o la vida



Que el ejercicio de la escritura está reñido con la vida lo sabe todo aquel que alguna vez cogió un lápiz con intención de fabular. El cuarto propio que decía Woolf es imprescindible no sólo para escribir. El espacio personal, la soledad y la tranquilidad, fundamentales para cualquier trabajo intelectual (leer, escribir, hacer una tesis, reflexionar, ser persona...), tan atacado por las obligaciones y la abominable oferta de ocio que nos bombardea, no ha sido nunca fácil de defender. Pero no vengo a hablar de lo difícil que es sentarse a escribir, que lo es. Mis últimas lecturas me tienen a vueltas ahora con el aparente conflicto que resulta de confrontar lo escrito y las experiencias vitales. Eso de que hay que vivir para poder escribir.

Con la reciente publicación de los cuentos de Lucia Berlin no han sido pocas las reseñas que hacen hincapié en la vida tan variada, ajetreada y excitante que tuvo la autora y que es la materia prima desde la que construye sus historias, bajo un ejercicio de autoficción maravilloso. El caso es que en un artículo que leí y que no logro localizar (por favor, si alguien sabe cuál es que me lo diga y de fin a mi sufrimiento) apuntaban a algo interesante: a la hora de reseñar a Berlin resulta más fácil comentar su vida que su obra. Ceñirse exclusivamente a la literatura y al libro resulta indudablemente más difícil que comentar cómo una mujer en los años cuarenta desempeña diversos y variopintos empleos, se las ve con un alcoholismo grave y gestiona su maternidad de forma brutalmente sincera. Claro, eso es totalmente cierto. Literariamente la cuestión que me planteo es si importa que de verdad viviera lo que cuenta.

Tenemos dos grupos de escritores: de un lado podemos poner a los que no salieron de una vida gris (al menos en apariencia porque quiénes somos nosotros para juzgar) y sobre ella construyeron una gran obra y los que fueron grandes aventureros y dejaron testimonio por escrito de ello. Entre los primeros se me ocurren Emily Dickinson, Pessoa, Kafka y a tiempo parcial podría citar a Flannery O'Connor escribiendo aislada en su refugio mientras trataba de cuidar su salud y sobrellevar su enfermedad. En fin, tantos otros. Crearon grandísimas obras literarias sin que en apariencia el material experiencial de sus propias vidas fuera especialmente extraordinario. Del otro lado tenemos a la mayoría de escritores de viajes siguiendo la senda de Marco Polo, los narradores del mar como Conrad y a los que ejercen la vitalidad con saña como Hemingway. Por supuesto también a todos los malditos (de algún modo) que consiguen utilizar sus problemas como material para escribir, como la propia Lucia Berlin cuando utiliza su experiencia como alcoholica, Carver con el mismo problema,... En fin, aquí la clasificación es absurda: dejémoslo en «escritores con vidas apasionantes que sirven de semilla para construir historias». Y sí, también consiguieron dejarnos obras más que notables.

Todo el que escribe se ha enfrentado alguna vez a esa persona ilusionada que se te acerca y te dice eso de: «pues si te cuento mi vida tienes para un libro». También se ha enfrentado a sí mismo viviendo una experiencia y diciéndose: «si lo cuento no se lo cree nadie». Y ahí está el quid, la genialidad, la maravilla. Para contar algo hay que alcanzar una cierta distancia de ese algo, mirarlo desde fuera, analizarlo, doblegarlo y las experiencias propias se enganchan muy fuerte a nosotros mismos. A menudo resulta más fácil escribir de algo que no tenga ninguna implicación personal que de algo que nos duele. Y por otra parte, si no duele en absoluto no habrá historia, si la distancia es demasiado larga no hay interés alguno. Y voy más allá: la vida por sí misma no es literaria, no es verosímil en literatura, no interesa en literatura, no vale nada. Para convertir esa historia «con la que tienes para un libro» en un buen libro hay que tener un talento inmenso. El mismo, exactamente el mismo que hace falta para obtener literatura de una vida anodina. Es decir, mi tesis es que si no hay algo de verdad en la historia ésta no tendrá interés, no habrá magia. Pero mi tesis es también que da igual que la semilla sea grande o pequeña que lo que importa es el manejo que se haga de ello. Que tanta verdad y magia hay en la obra de los escritores aventureros que he citado antes como en la de los que no salieron de sus vidas más comunes.

¿Nos tiene que influir como lectores la biografía de un autor? Reconozco que las leo, trato de ubicarlos temporalmente y socialmente, intento entender sus puntos de partida y eso me ayuda a leer en otras capas de profundidad. Pero no puede servirnos para valorar la calidad de una obra, no lo creo. El libro debe hablar por sí mismo. Así lo pensó Elena Ferrante cuando publicó su tetralogía de las amigas. Es una lectura fascinante, con un grado de profundidad de análisis asombroso para tratar un tema tan complejo como una relación de amistad a lo largo de toda una vida (además de su lucidez para tratar la conciencia de clase, la evolución de los barrios deprimidos, etc.). Me era imposible abandonar la sensación de que aquello que leía tenía que ser realmente un diario, una crónica real de unos hechos reales. Su verosimilitud es tan fuerte que te engancha: todas esas profundas confidencias quedan a la luz y las comparten contigo.

Cuando un periodista decidió ignorar la voluntad de Ferrante de mantener su anonimato no hizo más que ponernos frente a la necesidad de elegir: la literatura o la vida. El relato de Ferrante no es ni más ni menos verosímil si lo que cuenta es real. No es ni mejor ni peor si lo que cuenta es real. No me importa en este caso conocer a la autora para ubicarla temporalmente o socialmente, porque la voz narradora se declara mujer, vive en los años cincuenta y sesenta y se ha criado en un barrio deprimido de Nápoles y esa voz narradora es la que habla. Se impone con tanta fuerza sobre el autor que no necesito saber nada más (cuanto más que se trata de respetar una decisión que no nos corresponde).

No sé si Hemingway hubiera escrito Adiós a las armas si no hubiera vivido la guerra en primera persona, pero sé que muchos la vivieron y no escribieron ni esa novela ni novela alguna. No sé si Lucia Berlin hubiera escrito sus cuentos si no hubiera tenido la vida que tuvo pero es que probablemente entonces habría sido otra Lucia Berlin y puede que hubiera escrito, pero otra cosa. Desligar la obra y el autor es un ejercicio de confianza en la palabra. No está mal recordarlo.

Pero yo no consigo nunca hacer afirmaciones completas (vivo con ello y así voy tirando) y me las he visto también con el conflicto de leer a un autor que ideológicamente me produce rechazo pero cuyo trabajo literario es magnífico: El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez, salpicado de ciertas fábulas que me llegan a parecer ofensivas en cuanto a lo que defienden pero cuyo material inspiró una película de corte ideológico justo del lado opuesto y que, quiero pensar, enamoró también a José Luis Cuerda por su dulzura y su delicadeza. ¿Qué hacemos con los escritores cuyas ideologías no compartimos? ¿Qué hacemos con los que no tuvieron vidas ejemplares? ¿Podemos desgajar su obra de ellos mismos? Pues no sé, cada uno lo podrá hacer en cierto grado. Y es que yendo más allá, ¿podemos separar el gusto de la calidad? Que bien que hay cosas que nos gustan a sabiendas de que no son muy buenas y cosas que sabemos maravillosas y que no nos mueven ni un cabello. Pero, a todo esto, ¿qué es la calidad literaria?... Ay, ay, ay. Eso mejor será que lo deje para otra ocasión. Como dijo Moustache: "esa es otra historia".

20 de septiembre de 2016

Ruido de fondo




Según wikipedia, Ruido de Fondo «explora diferentes temas que emergieron hacia finales del siglo XX, tales como el consumismo, la saturación mediática, el intelectualismo académico sobre temas novedosos, conspiraciones, desintegración de la familia, desastres ocasionados por la acción del hombre y la potencial naturaleza regenerativa de la violencia». Pero «un lector, una lectura» –el lector y sus circunstancias–. Es mi primer libro de DeLillo y ha resultado una agradable sorpresa. Además de plantear cuestiones sobre todos los temas enumerados antes lo más atractivo para mí de este libro es el posicionamiento de la voz narrativa ante la realidad: extrañamiento irónico(?) podríamos llamarlo. Creo encontrar un hermanamiento con Vonnegut pero en este caso creo que hay menos humor y más amargura; aunque en ambos casos la ironía sea una válvula de escape y un salvavidas para analizar la realidad sin morir en el intento.

Si a la opresión orwelliana le sumamos el adormecimiento huxleyano y ponemos a contar la historia a un Kafka borracho pero exquisitamente lúcido (cóctel explosivo), apenas nos aproximamos a la voz que narra esta historia: el narrador es un padre de familia, jefe de un imposible departamento universitario dedicado a la figura de Hitler, que nos cuenta cómo su amplia familia, con hijos procedentes de distintos matrimonios, y su actual mujer ven alterada su afable rutina por el escape de un gas tóxico que obliga a la evacuación de su urbanización y cuyas consecuencias para la salud no hay forma de tener claras. De fondo, antes, durante y después de este acontecimiento, un ruido se mantiene presente: el miedo a la muerte. Jack, el padre de familia, y Babette, su mujer, discuten a menudo sobre quién morirá primero y evitará la vida sin el otro, pero su verdadero miedo es a la muerte propia y se aferrarán a lo que esté en sus manos para ahogar esa angustia. Un medicamento de diseño parece ofrecer una salida pero conseguirlo en su fase experimental no es fácil y otras alternativas...

Los diálogos disparatados, el albedrío excéntrico de los personajes y las vueltas de tuerca de la historia, contribuyen a un tono general de extrañamiento y a un distanciamiento de los hechos que permite reflexionar sobre ellos desde un excelente punto de vista. Éste, como digo, me parece el mayor hallazgo del libro.

Como un catálogo de la posmodernidad se revisitan a lo largo del libro distintos tópicos como la hiperrealidad del supermercado como epítome del deseo y el consumo o el discurso de los medios creando una realidad sobrepuesta. Un pastiche de temas de plena actualidad (añadiría a la lista de wikipedia otros temas como el ejercicio del poder en la relación con el otro, la anulación de la distinción entre alta y baja cultura o la memoria como fundamento de la identidad) sobre los que es imposible aportar respuestas pero sí es posible plantear de forma certera un buen número de interrogantes de manera que nuestros oídos sordos no puedan escapar a ellos. «Oímos sólo aquellas preguntas para las que estamos en condiciones de encontrar respuestas» dijo Nietzsche y aquí las oyes estés o no en condiciones de responder.

Una delicia a cada párrafo, un acierto constante en medio de un aparente disparate. El libro que escribiría el Sombrerero Loco sobre nuestra realidad social. Recomendadísimo. Añado al to read el resto de la obra de DeLillo. Leed, insensatos.

21 de agosto de 2016

El límite inferior




Hace años que vengo reseñando algunos de los libros que leo en este blog. Y no, todos no, unos no los reseño porque me han gustado demasiado y me sueno demasiado fanática y excesiva y otros porque no me han gustado, bien tibiamente o nada de nada, y tengo por mala costumbre silenciar de entrada mis opiniones negativas sobre cualquier cosa –eso, en estos tiempos de redes sociales irritantes e incendiarias no es poca cosa, ¿eh?–. De todas formas, los dos supuestos anteriores tienen sus excepciones y me he propuesto que éstas sean tan frecuentes como sea posible. Primero porque una de las razones por las que una se monta un blog es para sentir que cumple con una extraña obligación autoimpuesta que a veces es lo único que nos rescata de toda una rutina que nos imponen otros. Y en segundo lugar porque un blog con reseñas en el que todas son positivas, abarata el conjunto y da la impresión de que no tengo criterio ninguno. Y esto sí que no, ¿eh? Mi fama de perfeccionista, exigente y tiquismiquis no puede permitirse un equívoco de este calado, ja.

Todo esto sirve para justificar(me) la reseña de El límite inferior, la última novela de Nere Basabe, que habría evitado en otras circunstancias. También en otras circunstancias lo habría leído con menos interrupciones y creo que esta lectura descabalada no le ha beneficiado mucho. Aún así tengo cierta confianza en mi propia objetividad (hacia mí misma, que otra no existe).

La novela parte de una idea interesante: así como la langosta en agua que se calienta poco a poco se acaba cocinando sin darse cuenta, existe para los seres humanos un punto de desbordamiento de la realidad que acaba por romperlos sin que el que se den cuenta o no sirva de mucho. Del otro lado se emerge más sabio o más desesperanzado, muerto por dentro o con intención de morirse por fuera, o más vivo si es que hay suerte.

A estas fuerzas se someten los cuatro personajes que atrapados en temporada baja en una fantasmal ciudad de vacaciones quedan aislados por un temporal que no sólo parece implicar al clima. En medio de estos tiempos de crisis económica y a merced de sus consecuencias aparecen estos personajes: un matrimonio en equilibrio inestable, un náufrago de la citada crisis que se ha reinventado como artesano de bibelots de conchas y souvenirs de playa y una autoexiliada, escondida en la piel de una guía turística para ancianos franceses que buscan la autenticidad de una prefabricada ciudad de vacaciones sobre el cementerio de un triste pueblo de playa. Los cuatro van a sobrepasar su límite inferior y se transformarán en otros, no mejores ni peores: distintos.

Como digo la idea es interesante pero la factura es dispareja: el perfil de los personajes es confuso, bordeando peligrosamente el arquetipo a veces, otras la medianía. Sus vidas se entrecruzan dentro de una trama global que no parece tener relevancia alguna y que no cautiva demasiado aún cuando pretende desentrañar ciertos misterios (la desaparición de un niño, la revelación del pasado de los personajes, la tensión sexual entre combinaciones de ellos...) o resultar incluso provocadora en algunos momentos sin provocar nada (infidelidades, ilegalidades urbanísticas, la violación de una anciana indefensa...). La prosa acumula muchos buenos aciertos dispersos a lo largo del texto: esos hallazgos del lenguaje que dan ganas de subrayar con lápiz a lo largo del libro. Pero estas perlas se pierden en una obra excesivamente introspectiva en la que lo que se quiere contar fagocita lo que se cuenta.

Aquí es interesante parar. Reflexiones de aspirante a escritora: demos por bueno, reduciendo mucho las cosas, que todo texto tiene dos lecturas, la de lo que cuenta (la historia, los personajes, la trama,...) y la del mensaje que realmente esconde, la moraleja por así decirlo. Aunque lo más frecuente es que no haya conclusión, sólo preguntas, y que más que moral a lo Samaniego se concluya con una duda, siempre sin método. Dando esto por hecho, lo que es atrevido pero nos sirve, habría dos formas de crear una historia: sabiendo de entrada cuál es y descubriendo a posteriori qué reflexión andaba oculta tras ella (su subconsciente, podríamos llamarla) y otra es saber cuál es la reflexión, la idea, la pregunta, y construir una historia para ilustrarla. Esta segunda opción es casi siempre desastrosa y en el mejor de los casos artificiosa, robótica y contrahecha en algún grado. Así es para mí y me consta que para muchos escritores: la frescura de lo que se escribe para ir descubriendo de qué se trata no se encuentra en los textos controlados y con una intención tan clara de partida que no deja margen. Esa es la magia y la condena.

No lo sé, no puedo saberlo, si la novela de Basabe se escribió bajo este segundo paradigma (que ya digo que he reducido mucho las cosas) pero me da la sensación de que todos los elementos están ahí y sin embargo, la única forma en que puedo resumir el libro es como lo he hecho en el tercer párrafo: con la metáfora de la langosta, yendo directamente a la reflexión y no a la historia.

Hay muchos libros imposibles de resumir porque en ellos el cómo es más importante que el qué pero no es ésa la razón para esta novela, en este caso culparía a la ausencia de algo que enganche al lector: todo se pierde en una neblina que envuelve los elementos que podrían ser acertados por separado pero que se desdibujan juntos; como decía, los personajes se ablandan, la trama se pierde en un forzado exceso de metraje y todo esto ahoga los aciertos lingüísticos y los convierten en pirotecnia mojada.

Lo peor de todo esto es que si bien la reflexión es muy interesante, al contarla de este modo no hay implicación emocional del lector, o no la ha habido en mi caso, y no es que la novela me parezca mala, que no, no me parece mala, es que me ha dejado que ni fu ni fa. Creo que la peor de las conclusiones de un libro es esa tibieza. Así que no puedo recomendarla hasta que una futura relectura o la lectura de otro (para eso sirve hablar de los libros) me ilumine sobre qué me he perdido en este caso. Dejaremos en barbecho todo esto de momento.

29 de junio de 2016

Malos pensamientos


Como si de una plaga venenosa se tratara: creciendo con la saña del miedo a la extinción, destruyendo a cualquier competidor, sin doblegarse ante los remedios.

Lo único que le aliviaba en algo era abrirles camino a cuchilladas en los cuerpos de otros esperando una mudanza voluntaria.

Y con aquello sobrevivió hasta que el juez dictaminó sustituir la terapia por otra a base de píldoras y correas. La sentencia era cruel por lo inútil: cordura perpetua.

Micro escrito para el concurso Relatos En Cadena que marcaba la frase de inicio.

16 de junio de 2016

El silencio de las sirenas




El silencio de las sirenas es la primera novela de Beatriz García Guirado.

A veces llegas a un libro porque ya conoces al autor, por una recomendación, una reseña o porque te gusta la portada. En este caso la serendipia es bastante curiosa: llevo años dándole vueltas a una historia que comienza con un varamiento masivo de ballenas y, por otra parte, las sirenas forman parte de mi imaginario (eso ya lo sabéis los habituales); con todo esto, una breve sinopsis de la novela fue suficiente para que me atrajera mucho y anduviera con muchas ganas de leerla desde su publicación.

Un varamiento masivo de ballenas atrae al protagonista y le conduce a sumergirse en el mar donde vivirá el encuentro (real o no) con una sirena y su canto... A partir de ahí, en la narración se entrelaza su pasado, las múltiples identidades de otros yoes que son él y no lo son, realidades alternativas y el ir y venir de una conciencia extraviada.

El desarrollo de la narración en torno a un protagonista equívoco y polifacético es densa, grumosa, se traza confusa e indefinida, dando forma a un canto de sirena que arrastra al lector al fondo de un mar de palabras. Se trata de un desarrollo complejo, lleno de imágenes de gran fuerza literaria. Por suerte, esta complejidad está acompañada por una gran solvencia técnica que hace que la confusión no derive en pérdida del hilo narrativo y el interés del lector. Y por otra parte la extensión es adecuada para minimizar las interrupciones que no favorecen la lectura: es una nouvelle que bien podría ser un cuento largo o un prisma de historias que se entrelazan.

Para los que disfrutamos con las formas, es un auténtico placer dejarse llevar por el ritmo narrativo, el transcurso del entramado surreal de historias, la dosificación de la información y el suspense. Todo esto deja un tanto de lado el foco en el fondo de una potencial historia resumible, que en este caso no existe, pero no resta carisma a ese protagonista que genera cierta empatía con su identidad extraviada.

El cierre de la historia sí que resulta un estorbo para los que hemos aceptado el trato de dejarnos llevar. Una historia surrealista, deslavazada e inquietante por la que a esas alturas hemos dejado arrastrar nuestro ímpetu lector, trata de repente de ser rescatada hacia lo racional con un pastiche final innecesario y decepcionante.

Dejando de lado el remate final, es una excelente primera novela (seguramente una falsa primera novela, como suele pasar) de una autora a la que habrá que seguir la pista.