8 de abril de 2026

El surrealismo: los límites de la razón


Serie sobre surrealismo y pensamiento contemporáneo (1/3)
Leonora Carrignton, Self-Portrait (Inn of the Dawn Horse), 1937
Este texto forma parte de una serie sobre el surrealismo y su relación con el pensamiento contemporáneo. A partir de su contexto de emergencia y de sus principales formulaciones teóricas, la serie propone entender el surrealismo no sólo como una vanguardia artística, sino como un momento clave en la crisis de las explicaciones totales del sujeto y la realidad. En este primer texto se abordan los límites de la razón y la fractura que abre el espacio en el que el surrealismo se hace posible.

Surgido en el contexto de quiebra de la racionalidad tras la Primera Guerra Mundial, el movimiento desplaza el centro del conocimiento desde la razón hacia el inconsciente, proponiendo una nueva vía de acceso a la verdad. Pero este desplazamiento no acabaría suponiendo una ruptura definitiva con la lógica de profundidad, sino una reformulación e inversión. En este sentido, el presente artículo plantea que el surrealismo constituye una fase de transición en un proceso más amplio, que se desarrollará en años posteriores y que supone un tránsito desde modelos de pensamiento basados en instancias privilegiadas de sentido hacia configuraciones más complejas, relacionales y abiertas, propias de una lógica en red.

El término surrealismo proviene del francés y remite a un punto de vista sobre o por encima del realismo. Tras la Primera Guerra Mundial se produce una fractura epistémica cuyas consecuencias se prolongarán en el tiempo y se agravarán con la Segunda Guerra Mundial. Esta ruptura supone una grave crisis en la fe que había sustentado el proyecto moderno: el progreso, la industrialización y la ciencia, que habían proporcionado avances y mejoras en la calidad de vida, también podían conducir a la destrucción masiva.

Esta fe había sido causa y efecto de los avances científicos de finales del XIX, así como de la producción artística y el trabajo filosófico. Pero aquella fe esperanzada y arrolladora que privilegiaba la razón y la capacidad de progreso del intelecto y que sustentaba una concepción positivista de la realidad y el sujeto, se ve cuestionada por la Guerra. Esta viene a poner de manifiesto la inestabilidad del equilibrio y el fracaso de la racionalidad como garante de la paz.

En este contexto surge el dadaísmo. Su aparición durante la Primera Guerra Mundial constituye una reacción contra la cultura burguesa y la lógica, reivindicando el caos, lo absurdo y la provocación. Si la razón había conducido al desastre, era legítimo reivindicar el caos como una nueva fuerza motriz.

Dadá no se limita a cuestionar el arte, sino que lo desactiva como instancia de sentido, hasta el punto de convertirlo en un gesto vacío o irónico, inseparable de la propia sociedad que pretende destruir (Ades, 2002). Pero es importante señalar que el dadaísmo contiene en sí mismo una paradoja: destruye el arte, pero insiste en producir objetos, operando como una crítica, sí, pero interna al propio sistema artístico (Ades, 2002).

El surrealismo hereda la ruptura, la crisis de fe, pero intentará dar fundamento a la libertad que en Dadá era pura negación, convirtiéndola en un sistema de conocimiento (De Micheli, 1999). Mientras que el dadaísmo no tiene ninguna fe en construir, el surrealismo sitúa en su centro una vía privilegiada de conocimiento: el inconsciente, más allá de la realidad, inaprensible de partida, pero que supone una vía elevada de liberación de los obstáculos impuestos por la razón y que busca trascender al hombre y la sociedad.

En el período de entreguerras se produce una radicalización de las ideologías políticas, con el auge del comunismo y el fascismo y la crisis del liberalismo. En este contexto, muchos surrealistas, incluido Breton, se aproximan al marxismo.

Este acercamiento pone de manifiesto que el surrealismo supera la mera intención provocadora del dadaísmo y se configura como un movimiento con agenda, incardinado en una dimensión política explícita. Su fin no es solo crítico, sino que aspira a la transformación de la realidad, del individuo y de la sociedad.

Pero el surrealismo no es la única manifestación de la crisis derivada de la coyuntura histórica. Sus efectos alcanzan también a las ciencias humanas, en un contexto en que las disciplinas comienzan a influirse mutuamente, dando lugar a un cambio de paradigma que desembocará posteriormente en un profundo giro epistemológico. El surrealismo se vincula así con la sociología, la antropología y la lingüística, y de forma aún más evidente con el psicoanálisis de Freud. La fractura de la concepción privilegiada, determinista y positivista del ser abre paso a una nueva comprensión del sujeto: ya no como una entidad autónoma, sino como una configuración compleja atravesada por múltiples capas de influencia, que entrecruzan dimensiones sociales, culturales y simbólicas.

En la siguiente entrega se abordará el surrealismo desde su formulación teórica, a partir del Manifiesto Surrealista (Breton, 1927).


Ades, D. (2002). Dadá y surrealismo. En N. Stangos (Ed.), Conceptos de arte moderno. Alianza.

Breton, A. (1924). Manifeste du surréalisme. Paris: Éditions du Sagittaire.

De Micheli, M. (1999). Las vanguardias artísticas del siglo XX. Alianza.

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