en el centro de mi indefensión
donde habita esa ternura
que niego tres veces cada noche
desprovista de simulacros
persiste lo que no encontró cómo crecer
balbucea
torpe y lamentable
ese vergonzoso rugir de tripas
un hueco
enigma irresoluble
sirena amordazada
luciérnaga impertinente
la justificación de toda máscara
porque lo avala
la jurisprudencia
la condena ganada a pulso
por esa ingenua esperanza
es que los cien latigazos
la piel cuarteada
las arrugas de clepsidra sin agua
la muerte inevitable
Ahí
escondido entre las excusas
ahí a pesar de todo
lo que permanece indomable
abierta
la herida mía.

















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