22 de abril de 2026

El surrealismo: de la profundidad a la red


Serie sobre surrealismo y pensamiento contemporáneo (3/3)
Leonora Carrington, Rabinos, c. 1960
Tras lo expuesto en los textos anteriores, este tercer apartado formula la tesis central del ensayo: el surrealismo constituye un momento de transición en el proceso de desarticulación de las explicaciones totales del sujeto y de la realidad, anticipando el paso de una lógica de profundidad a una configuración relacional del sentido.

En este marco, puede interpretarse como un antecedente o una prefiguración de lo que más tarde se conceptualizará como un giro ontológico, ya que anticipa algunas de sus intuiciones fundamentales. De hecho, el movimiento se articula como intento de mediación entre mundo interior y exterior, entre sueño y realidad (De Micheli, 1999), ampliando las formas en que el conocimiento puede producirse.

El surrealismo aspira a sustituir la razón por el inconsciente como instancia total de explicación. Sin embargo, en sus desarrollos contemporáneos, esta pretensión se diluye: lo onírico y lo irracional ya no funcionan como vías privilegiadas a una verdad profunda, sino como dispositivos que desestabilizan cualquier pretensión de sentido total.

Y es que el problema central del surrealismo es la fractura entre las distintas dimensiones de la experiencia y su intento de resolverla (De Micheli, 1999). Mientras que su primera propuesta de solución invierte los presupuestos del positivismo, esta operación sigue manteniendo una estructura dual entre racionalidad e irracionalidad. Por el contrario, la propuesta de la posmodernidad, tras los denominados giros ontológico y epistemológico, no consiste en sustituir un polo por otro, sino en desarticular la propia oposición, dando lugar a un pensamiento que asume la multiplicidad y la proliferación de puntos de vista.

Por un lado, en textos canónicos del surrealismo como Nadja de André Breton lo irracional se presenta como vía de acceso a una verdad que trasciende la experiencia inmediata, manteniendo una concepción del conocimiento anclada en la idea de profundidad. En contraposición, en prácticas contemporáneas como las de David Lynch o el simbolismo radical de Alejandro Jodorowsky, lo extraño ya no garantiza una explicación, sino que expone la imposibilidad de una interpretación definitiva.

Por su parte, en el ámbito literario, autores como T. S. Eliot, James Joyce, Virginia Woolf o Juan Rulfo introducen una complejidad estructural en la que distintos planos —temporales, perceptivos y narrativos— coexisten, anticipando una concepción estratificada de la realidad que será posteriormente reformulada en términos más relacionales.

En una obra contemporánea como La vegetariana de Han Kang, la lógica de profundidad se desarticula. La fragmentación del relato y la multiplicidad de perspectivas impiden fijar un sentido unificado, haciendo visible una concepción del sujeto como entramado de relaciones sin centro estable.

El fracaso de las explicaciones totales del sujeto conduce ahora a un cambio de paradigma: de una lógica de profundidad, basada en la búsqueda de un fundamento último, a una lógica de red, en la que el sujeto se entiende como el resultado de múltiples relaciones sin un centro único.

El posterior giro epistemológico no solo fracturará el concepto preexistente de sujeto, sino también el de realidad. El positivismo dará paso al constructivismo y este, en última instancia, a formas de relativismo radical en las que se cuestiona la existencia de una realidad plenamente aprehensible. Otras voces, como Haraway (1988), permiten avanzar hacia un post-constructivismo en el que el objeto de conocimiento se entiende como fragmentario, complejo y múltiple, y debe ser construido mediante el trabajo conjunto de múltiples sujetos.

En este sentido, la noción de «conocimientos situados» formulada por Haraway (1988) permite pensar este desplazamiento como la renuncia definitiva a cualquier instancia privilegiada de sentido. Frente a modelos de conocimiento que aspiraban a la universalidad, ya fuera desde la razón o desde el inconsciente, la autora propone una concepción en la que toda producción de conocimiento es necesariamente parcial, encarnada y relacional, lo que refuerza el paso de estructuras de profundidad a configuraciones en red.

Hay que destacar que este cambio no se produce únicamente en el plano teórico, sino que responde a transformaciones materiales concretas. Como muestra el caso de la Barcelona de principios del siglo XX, la expansión de los medios de comunicación, la publicidad y la cultura visual genera un entorno caracterizado por la circulación simultánea de imágenes y discursos, configurando una experiencia cada vez más fragmentada y relacional (Fanés & Batllori, 2014).

En este contexto, y como forma manifiesta de este desplazamiento, Breton otorga al proceso creativo un estatuto privilegiado, elevándolo de experiencia estética a vía de acceso a una supuesta realidad más profunda.

En este sentido, su fascinación por el automatismo no solo define una técnica, sino que se convierte en el fundamento de una ontología que sitúa al inconsciente como instancia privilegiada de verdad, sin que esta pueda ser plenamente justificada más allá de la propia experiencia creativa.

Breton concibe el lenguaje surrealista como un espacio liberado de intención y de finalidad argumentativa, en el que cada interlocutor desarrolla su propio flujo de pensamiento sin buscar imponerse ni alcanzar una síntesis común. En este contexto, las palabras y las imágenes no funcionan como instrumentos de demostración, sino como estímulos que activan el pensamiento del otro.

Sin embargo, aunque Breton describe el lenguaje surrealista como un espacio libre de intención, tesis o imposición, su concepción sigue anclada en una lógica de interioridad: cada sujeto habla desde su propio flujo, y el efecto sobre el otro se entiende como una activación indirecta. Esta forma de «diálogo» no implica una verdadera co-construcción del sentido, sino más bien una coexistencia de soliloquios. Frente a ello, prácticas contemporáneas permiten pensar el proceso creativo no como la emanación de una interioridad, sino como un fenómeno relacional en el que el sentido emerge de la interacción y la co-regulación entre sujetos.

Es importante destacar que el surrealismo no fue un movimiento uniforme y que muchos de sus participantes avanzaron en la exploración de la multiplicidad y la complejidad, poniendo pronto de manifiesto las tensiones dialécticas presentes en el trabajo con el inconsciente. Sospechaban ya que no podía sostenerse una concepción del inconsciente como instancia explicativa total, sino que era necesario abrir el sentido a una multiplicidad irreductible.

Un ejemplo claro se encuentra en la obra de Remedios Varo y Leonora Carrington, que introducen una inflexión dentro del propio surrealismo, en la que lo onírico deja de remitir a una profundidad explicativa para configurarse como un entramado de relaciones sin centro único.

En la obra de ambas, la búsqueda de una verdad profunda se desplaza hacia la construcción de universos complejos en los que múltiples elementos, científicos, mágicos o cotidianos, interactúan sin una jerarquía clara.

Más que un aumento de la multiplicidad interpretativa, la transformación que se produce en torno al surrealismo puede entenderse como un cambio en la relación entre niveles de realidad: si en su formulación clásica el inconsciente aparece como un ámbito diferenciado, una suerte de «otro lado» que revela una verdad profunda, en desarrollos posteriores esta separación se disuelve, dando lugar a una coexistencia o superposición de planos en la que los significados se entrelazan sin una jerarquía clara.

En definitiva, el surrealismo no supone una superación definitiva de la racionalidad, sino un momento de transición en la crisis de las explicaciones totales. Al desplazar el centro desde la razón hacia el inconsciente, no abandona la lógica de profundidad, sino que la reformula. Será en desarrollos posteriores donde esta lógica se disuelva definitivamente, dando paso a una concepción del sujeto y de la realidad como entramados de relaciones sin centro único, en los que el sentido ya no se descubre, sino que emerge.

Breton, A. (1928/2013). Nadja (J. I. Velázquez, Trad.). Cátedra.

De Micheli, M. (1999). Las vanguardias artísticas del siglo XX. Alianza.

Fanés, F., & Batllori, J. M. M. (2014). Barcelona, zona neutral. In Barcelona, zona neutral 1914-1918 (pp. 13-41).

Kang, H. (2007/2017). La vegetariana (S. Kim, Trad.). Random House.

Haraway, D. (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.

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