Una lectura sobre la fragmentación, la tensión del lenguaje y la construcción de universos.
Me resulta muy difícil reseñar a Eloy Tizón porque sus textos forman parte de mi historia personal como lectora, como escritora y como persona. Me falta distancia y es que ni siquiera quiero que exista. No voy a tratar de adoptar un tono académico en esta reseña porque no es así como se habla de lo que llevas contigo.
Eloy Tizón es un escritor español actual, reconocido principalmente como cuentista, aunque ha escrito también novela y colabora en prensa. Está considerado uno de los mayores exponentes de la narrativa breve española del cambio de siglo.
Lo primero que el lector detecta en la prosa de Tizón es un tono lírico, que no esfrecuente en su hibridación con la prosa, sobre todo por la delicadeza, la tranquila sobriedad y el tono homogéneo con el que lo hace. Se aleja de la moda del epatar o la horrible tendencia de algunos a encadenar frases tuiteables. Pero pronto esa primera impresión lleva a capas más profundas, porque no se trata sólo de adoptar un tono lírico. Repito mucho una frase de Valeria Correa Fiz que me parece finísima y es que ella ha dicho alguna vez que le interesan los escritores que ejercen «cierta violencia sobre el lenguaje». Y es, creo, en esa violencia donde se producen los mejores hallazgos del trabajo de Tizón.
No se trata sólo de pirotécnica técnica, se trata de un trabajo de indagación en varios planos: en primer término, su búsqueda da lugar a metáforas y símbolos nuevos; un trabajo creativo que en sí ya es valiosísimo e interesante. Olivia Reyes es una «visión crujiente», son los pupitres los que se animan con su llegada, ella es un «algo esponjoso y aromático», …
Pero en otro nivel, hay también una evidente indagación en la estructura de los cuentos. Como hemos visto en distintas ocasiones, los cuentos modernos se alejan de la estructura clásica que une presentación, nudo y desenlace y podan los alrededores de lo que realmente conforma el punto de interés de la narración: el conflicto. Pero no sólo eso, una narración puede sostenerse sobre la estructura de un conflicto casi irrelevante y conformar un ecosistema de historias, pequeñas, diversas, satelitales, pero que, en conjunto, estructuran un universo en la narración.
Esto lo vemos claramente en el cuento Velocidad de los jardines. Lo que vertebra el texto es la historia de Olivia Reyes, el ideal del amor en la clase de tercero B y Aubi, el malote que ejecuta un acto de honor inesperado. Pero esta historia, contada por sí misma, resultaría insuficiente y vacua. Igual que una columna vertebral no es un ser humano, aquí vemos como el resto de historias, las pinceladas que van retratando al grupo y la añorada visión infantil del mundo, el ejercicio de una memoria nostálgica… Todo ello, en conjunto, en red y por capas, es lo que da forma a una pieza inolvidable.
Esto lo vimos en Pedro Páramo: la historia de la novela se resume en muy pocas frases y resultaría aburridísima si se contara de forma lineal. Es el caleidoscopio, la fragmentación y el trabajo de construcción fuera de orden lo que la llena de capas de interpretación, de intersticios donde habitan capas de sentido que enriquecen y hacen profundo el texto.
Vemos esta fragmentación en cómo el texto se va elaborando, intercalando las lecciones, que son el centro del universo de un escolar, con las cuitas diarias y los reconocimientos mutuos. Son los niños seres que van creciendo, adquiriendo identidad y la observación mutua los construye, aquí como personajes del cuento, en la vida como las personas adultas que llegarán a ser.
Tizón ha hablado en muchas ocasiones sobre su trabajo sobre el no-cuento. Se trataría de desbrozar la narración y dejarla en esqueleto. Explorar cuánto se puede quitar de una historia para que lo siga siendo. Pero esto resultaría en un triste osario si no se acompañara de un desplazamiento del centro de gravedad, de la acción al lenguaje, a la red de significados, a lo que queda no dicho y el lector construye.
En esa esencialidad compleja, que otros han hollado, Tizón encuentra una esencia elegante, pura, nostálgica y tranquila que tiene que ver con su visión de la realidad. Nos deja mirar a través de sus ojos. Es como un fotógrafo que, sin mostrarnos las fotos reveladas, quizá solo los negativos, consiguiera sumergirnos en su punto de vista y reinventara el mundo para nosotros, siquiera un instante.
Por supuesto esto es talento, pero también es una cuestión de presencia.
Además de la pirotecnia técnica, más o menos notoria según los libros y su evolución personal, más o menos integrada o suave, otra cuestión importante son los temas. Yo sostengo como teoría personal que Tizón escribe siempre sobre la pérdida. De una forma u otra, su escritura trata de contener, como unas manos incapaces de evitar que el agua se escurra, el discurrir del tiempo. Y aquí es relevante la asociación de su trabajo con la fotografía porque ya lo dijo Susan Sontag, que «Todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo» (Sontag, 2006). Este empeño, que en otros autores puede ser también relevante, en Tizón creo que es fundamental, porque forma parte de ese punto de vista en el que nos sitúa.
Si para Sontag «todas las fotografías son un memento mori» (Sontag, 2006), en Tizón la palabra es el medio para convocar una eternidad desde ese recuerdo de lo efímero. Pero este acto no parte del desvalimiento, porque si «todo uso de la cámara implica una agresión» (Sontag, 2006), retratar con palabras no es menos peligroso. El autor es intérprete, modula, elige la narración, las partes que conformarán el todo, las señas identitarias de los retratados… es un demiurgo de realidades. Y también es arquitecto de historias, consciente de las herramientas y los efectos.
Es un placer abandonarse cuando el autor te guía de forma sabia y eso ocurre sin duda en sus textos.
Dejo algunos comentarios de terceros sobre una obra inabarcable en una reseña brevecomo esta. Una obra que se puede redescubrir muchas veces a lo largo de una vida lectora porque su fluidez permite su resignificación. Es compañía y ancla. Os invito encarecidamente a disfrutarla.
Gracia y Ródenas (2011) dicen de Tizón:
«[…] hay un inequívoco centro de gravedad lírico en la narrativa de Eloy Tizón, desde el que se explica su economía estilística, su sutileza verbal, el ritmo de una prosa cargada de notas sensoriales, e incluso la morosidad –y hasta la suspensión– del tiempo, así como la inmersión en la subjetividad no pocas veces fantástica de sus personajes. Sus relatos en Velocidad de los jardines ya atestiguaban la filiación poética de la creatividad del autor, aunque también mostraban la escuela de grandes cuentistas como Chéjov, Cortázar o Carver. Y advertía sobre un modo de entender la escritura literaria que implicaba ritmos vegetales de crecimiento, lentitud y artesanía frente al vértigo tecnológico. Su siguiente libro de cuentos, Parpadeos, revalidaba esa poética basada en la aprehensión de lo imperceptible y en el mimo de su verbalización. Es la misma que inspira sus novelas Seda salvaje y la metaficcional Labia, apoyadas en convincentes narradores dominados por una pasión, la curiosidad por las vidas ajenas o el impulso de crearlas en la ficción literaria. También es en la voz narrativa donde se sostiene La voz cantante, que es la de un viejo profesor puesto a contar sus encuentros con el mismísimo Diablo».
Y dice Minguzzi (2011):
«Narrar para Tizón es una especie de conjuro contra el paso del tiempo. La melancolía es su motor; las palabras, un espacio de disputa. […] Las palabras, para Tizón, tienen en primera instancia una cara amable, pero en verdad son insuficientes para volver a experimentar, con todo lo que ello implica, el pasado, un tiempo que en estos cuentos aparece como pleno y “memorable”. En el final de “Velocidad de los jardines” el narrador, viendo la vulgaridad del presente de aquellos que vivieron con él la etapa escolar, se pregunta: “¿Por qué la vida es tan chapucera?”. Tomémoslo como una proclama y una renuncia. Tizón, puesto a recordar, hace gala de una melancolía militante, sin embargo, sabe que su oficio, el de narrador, se detiene allí, en ese abismo entre sensaciones del pasado y palabras del presente que ni los mejores contadores de historias, y él se encuentra entre ellos, pueden cubrir».
Gracia, J., & Ródenas, D. (2011). Historia de la literatura española (Vol. 7, Derrota y restitución de la modernidad [1939–2010]). Crítica.
Minguzzi, A. V. (2011). Velocidad de los jardines de Eloy Tizón: tiempo, definiciones y apuestas narrativas. En Velocidad de los jardines de Eloy Tizón: tiempo, definiciones y apuestas narrativas (pp. 173–198). Biblos.
Sontag, S. (2006). Sobre la fotografía. Alfaguara.
Minguzzi, A. V. (2011). Velocidad de los jardines de Eloy Tizón: tiempo, definiciones y apuestas narrativas. En Velocidad de los jardines de Eloy Tizón: tiempo, definiciones y apuestas narrativas (pp. 173–198). Biblos.
Sontag, S. (2006). Sobre la fotografía. Alfaguara.

















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